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Mujeres pioneras rompen barreras en oficios «de hombres»

Por Zulvyn Díaz | Luna Perdomo | Héctor Zambrano

El 8 de marzo es el Día Internacional de la Mujer que, en 2022, es impulsado por la Unesco con el lema «Igualdad de género hoy para un mañana sostenible». En Venezuela varias mujeres han logrado superar prejuicios y brillar en su trabajo frente a nociones vencidas de exclusión masculina

Atreverse y retar lo establecido ha sido la marca común de estas mujeres, quienes encontraron su vocación en oficios que tradicionalmente llevan el sello de «cosas de hombres». Han enfrentado los obstáculos de meterse en un mundo dominado por lo masculino y, a punta de esfuerzo, talento y el doble de empuje, van abriendo el camino para las que vienen. Borran la línea ente lo que es «de hombres» y lo que es «de mujeres».

Esa carrera de obstáculos, prejuicios, retos e inseguridades han definido el arduo transitar que ha tenido Alejandra Wetter desde que la curiosidad y pasión por lo que hace la llevaron a ser la primera mujer mecánica automotriz especializada en el modelo Mustang (Ford), en Guarenas y la Gran Caracas.

Antes de seguir su instinto, Alejandra hizo cursos de uñas, peluquería, maquillaje, auxiliar de farmacia, de medicina, repostería y de tráfico aéreo, pero nada la complacía ni tenía sentido. «A los 18 años comencé a trabajar en una venta de repuestos y quedé fascinada con el funcionamiento de los carros porque siempre me gustó mucho la mecánica automotriz», comenta.

Un día, un cliente mecánico a quien siempre le preguntaba sobre la función del repuesto que compraba, la invitó a su taller para que matara su curiosidad automotriz. Tras doce horas en el sitio, Alejandra no tuvo dudas de que ser mecánica era lo que quería. A falta de formación, se fue empapando del tema a través de videos en YouTube.

«Me gustaba la mecánica, pero no me dejaban entrar a trabajar en ningún taller, ni siquiera de ayudante. Por eso me fui a las ventas de repuestos y por cuatro años anduve a pie, ofreciendo marcas por todas partes, hasta que me dije: tengo que concentrarme en ser mecánica, que es lo que quiero«.

Alejandra pasó dos años buscando trabajo en talleres, aunque fuera lavando tuercas, pero no ocurrió. «Fueron años duros, me sentía frustrada, por el tema de ser mujer en este oficio: las manos, las uñas y todo eso», recuerda.

Poco después, conoció a su actual jefe, que le recomendó hacer unos cursos que dictaban en Caracas. «Comencé estudiando motores, luego suspensión y me retiré antes del módulo sobre electricidad, porque me da miedo».

La gran oportunidad

Para finales del curso, la oportunidad de entrar a un taller llegó, aunque aún estaba lejos de «echar llaves» como quería, en especial a los Mustang, que son su modelo preferido y su fuerte. «Mis labores eran subir a Caracas y buscar los carros, atendía a los clientes y limpiaba inyectores, que ni siquiera me dejaban bajar y eso que es una tontería. Igual yo seguía con la frustración de querer trabajar en un Mustang».

Con el tiempo, logró ganar la confianza de su jefe y al fin pudo armar y desarmar motores, como siempre deseó. «Me metí de lleno con la mecánica; mi oído se afinó tanto que con manejar un carro sé qué falla tiene», asegura la experta. Desde entonces han transcurrido seis años y la evolución de Alejandra como mujer y mecánica profesional le ha abierto muchas puertas y con ella la de otras mujeres, que sueñan con ser parte del mundo automotor en talleres que están dispuestos a contratarlas.

En diciembre pasado comenzó a subir en redes sociales contenidos explicativos de varios procedimientos mecánicos,que han tenido gran acogida entre el público. En menos de tres meses, Alejandra suma 39.9K seguidores en TikTok (@alewetter) y otros 14K en Instagram (@ale.wetter).

«Al principio subir videos fue muy rudo. Había gente que me dejaba comentarios muy malos y ofensivos. Yo entendía, porque me pasó antes, cuando buscaba trabajo en talleres y se burlaban de mí, pero no dejé que eso me afectara. Quería que la gente viera que no solo era una cara bonita detrás de una llave», dijo.

Desde entonces, Alejandra ha recibido el apoyo y admiración de muchos de sus seguidores y eso la motiva a continuar. Hace poco le propusieron ser la imagen de una de las gasolinas más importante a nivel internacional y de productos de otras marcas.

«He botado muchas lágrimas y siempre me digo: ten fuerza que en algún momento esto te va a llevar a algo. En el futuro, me veo con un taller propio y capacitando chicas que se sienten frustradas, como me pasó a mí, para que sepan que sí habrá talleres dispuestos a darles la oportunidad», resalta Alejandra.

«Hoy día me siento muy completa, he logrado todo lo que he querido, incluso tener un Mustang. Así termine vendiendo zapatos, siento que cumplí lo que quería hacer con mi vida», asegura la mecánica y futura imagen de marcas internacionales.

Mariana Rivas, gruera con empuje y garra

Los carros que circulan por la Troncal 9 que conduce al oriente del país y atraviesan Caucagua, El Clavo, El Guapo y demás caseríos cercanos en el estado Miranda, cuentan con el servicio de grúa de Mariana Rivas, la única mujer gruera de la zona y sus alrededores.

Desde pequeña se apasionó tanto por el manejo que a los nueve años ya sabía conducir carros automáticos, y sincrónicos a los 15. 

La afición le viene de familia, con su papá mecánico y gruero, igual que un tío y unos primos que trabajan en la misma zona, en la que muchas grúas nunca son demasiadas, para una carretera muy transitada como vía alterna que conduce a los estados del noreste del país.

Aunque es graduada en administración de empresas, la oficina que Mariana prefiere es el interior de su camioneta grúa Ford, de color rojo, año 1979, con gran potencia en la caja y el motor que remolca carros a cualquier lugar.

«Casi todos los días hago un servicio, aunque sea corto. A veces me salen traslados para Caracas», comenta la mujer, que también tiene un puesto de empanadas y sopas en la avenida El Clavo, al lado de la alcabala de la Guardia Nacional, desde donde espera a que la llamen quienes precisan de sus servicios. 

La oportunidad de convertirse en la primera mujer gruera de la zona, un oficio tradicionalmente realizado por hombres, llegó a Mariana hace un año, cuando uno de sus primos dejó de conducir la que hoy es su principal herramienta de trabajo, medio de transporte y hasta ambulancia de habitantes de la zona. 

«Aquí no tenemos ambulancia y una vez me tocó llevar hasta el hospital a una muchacha que se cayó en un hueco y se fracturó la pierna», recuerda. 

Para los servicios de grúa recibe apoyo de su pareja que la ayuda con las rampas. Para un futuro cercano, Mariana planea hacerle reparaciones a su grúa roja y cuando esté lista, continuará haciendo esto que no cambia por nada: conducir una, como los hombres de su familia.

Mariana Rivas, gruera 1 mujeres

Agricultura con fuerza de mujer

La dureza del trabajo en el campo durante años fue sinónimo de masculinidad, pero no hay una percepción más errada, porque las mujeres son capaces de hacerle frente al trabajo de la tierra por pasión. 

Margarita de Gouveia es una de esas mujeres que está enamorada de su trabajo como agricultora. Tiene 54 años de edad y 43 sembrando hortalizas. Empezó a los 11 junto a sus padres cultivando cilantro, repollo, brócoli, cebollín y zanahoria. Después se casó con un agricultor y ha dedicado toda su vida a cosechar terrenos en El Junquito.

«Nunca he salido a la calle a trabajar, puro sembrar, y me gusta», confiesa Margarita, quien añade que toda su familia siempre ha dependido económicamente de la venta de hortalizas. Sus dos hijas también son agricultoras: es un oficio heredado por varias generaciones. 

Sus días en el terreno transcurren entre lluvia y sol. Con escardillas, picos, machetes y rastrillos entre las manos mantienen la tierra y la cosecha limpia de maleza. 

Es una faena que demanda tiempo. «Uno empieza como a las 7:00 am y termina como a las 5:00 pm. Eso depende de si hay mucho monte, de aporcar el brócoli, de limpiar el cebollín. En el terreno todos los días hay trabajo», cuenta Margarita. 

Margarita de Gouveia agricultora

De esa doble jornada que les toca a las mujeres, pocos se detienen. Después del duro trabajo en los terrenos le sigue el más duro trabajo de la casa: todas las tardes al terminar de cultivar, Margarita barre la casa, limpia la cocina, pasa coleto y lava la ropa, una rutina que la ocupa de lunes a lunes. 

Margarita combina el gusto por cultivar la tierra con la cría de animales. Tiene unas pocas gallinas, pero espera poder construir un corral para unas 80 ponedoras y así tener huevos para la casa y para la venta.

A ella le gusta su trabajo como agricultora; sin embargo, recuerda que el tiempo pasado era mejor: «Ahora cuesta salir de la mercancía porque no hay pedidos, no hay plata para que la gente compre», lamenta. Dice que «antes» cargaban el camión, se iban a Coche y en pocas horas vendían todo. 

Pero Margarita y su familia dejaron de vender en el mercado de Coche «porque hay que pagar vacunas, hay que darle plata a uno y a otro, te piden hasta $50; entonces ni siquiera se ha vendido la hortaliza cuando ya tienes que pagar ese realero», cuenta la agricultora. 

También con sus manos ha cosechado cilantro, remolachas, lechugas, tomates y repollo. Sembrará zanahorias y tiene otras especies germinando en almácigos. Y aunque la faena es dura, Margarita dice que se ve a sí misma sembrando como hasta los 70 años.

Carolina Liendo, una vida entre rieles

Carolina Liendo fue mecánica del Metro de Caracas por 30 años, y la segunda mujer de un total de cinco pioneras que entraron a trabajar en el sistema en 1989, cuando era una rara excepción que mujeres ocuparan cargos que hacían los hombres. 

La vida de Carolina transcurrió entre los rieles, y la fascinación que siempre sintió por los trenes —que le hace brillar sus ojos— la acompañó en cada uno de los cargos que ocupó en las distintas áreas de mecánica, electrónica y electricidad. Por eso, el resultado de su trabajo era tan ejemplar como su esfuerzo, cualidad que le brindó la oportunidad de subir de nivel académico y profesional dentro de la empresa. 

Conoció el Metro con ojos de mecánica, luego de graduarse a los 18 años de Técnico en Mecánica de Mantenimiento, en la Escuela Rafael Vega. Fue seleccionada para hacer pasantías y ese mismo año logró formar parte del equipo.

«Entramos por un experimento. Los hombres se quejaban del exceso de trabajo y de peso a levantar, así que los jefes metieron mujeres para probar que lo haríamos bien y sin quejarnos. Y lo cumplíamos», recuerda.

«Allí duré nueve años, echando mecánica igual que un hombre. Muchos de mis compañeros se sentían intimidados por la presencia de las mujeres y nos hacían maldades, como darnos cosas muy pesadas y hacer todo más difícil. Me decían: Renuncia, y yo les decía, bótame. Se reían y terminaban diciendo: no podemos con esta negrita«.

Tras décadas metida entre rieles, motores, sistemas electrónicos y de frenos, Carola decidió cambiar la braga de mecánica y el par de botas de seguridad, que pesaban un kilo y medio, para trabajar en el área administrativa. Su satisfacción es haber vivido la mejor época del Metro de Caracas y pasar parte de su vida entre trenes, con su vocación y hasta un amor que aún la acompaña.

Carolina Liendo
Yeisy Rivas, detalles de carpintera Yeisi Rivas comenzó en la carpintería luego de hacer un taller de manualidades en el que aprendió a trabajar con piezas de madera. Comenzó a vender los cuadros que pintaba frente al Parque Zoológico de Caricuao. «Un muchacho que vendía allí le dijo a mi papá que como se iba del país estaba vendiendo sus máquinas. El monto era un dineral, pero nos dijo que le pagáramos por partes». El joven le explicó al padre de Yeisi cómo utilizar la escaladora, los taladros, cómo cortar y dibujar en la madera, pero fue ella quien estuvo atenta a los detalles para ponerlo en práctica.

Yeisi se fue un tiempo a Bolivia y, al llegar la pandemia, se quedó sin opciones para obtener ingresos: «Se me ocurrió dar cursos de arte online a las niñas, compré una máquina para cortar madera y vendía las tablas con los pinceles y las pinturas que iban a usar».
Al regresar a Venezuela continuó en el taller junto a su padre. «Cuando llegué vi que estaban haciendo cocinas, camas, clóset y me explicaron cómo se pega la fórmica, cómo se mide y me puse a fabricar de una vez».

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Esa carrera de obstáculos, prejuicios, retos e inseguridades han definido el arduo transitar que ha tenido Alejandra Wetter desde que la curiosidad y pasión por lo que hace la llevaron a ser la primera mujer mecánica automotriz especializada en el modelo Mustang (Ford), en Guarenas y la Gran Caracas.

Antes de seguir su instinto, Alejandra hizo cursos de uñas, peluquería, maquillaje, auxiliar de farmacia, de medicina, repostería y de tráfico aéreo, pero nada la complacía ni tenía sentido. «A los 18 años comencé a trabajar en una venta de repuestos y quedé fascinada con el funcionamiento de los carros porque siempre me gustó mucho la mecánica automotriz», comenta.

Un día, un cliente mecánico a quien siempre le preguntaba sobre la función del repuesto que compraba, la invitó a su taller para que matara su curiosidad automotriz. Tras doce horas en el sitio, Alejandra no tuvo dudas de que ser mecánica era lo que quería. A falta de formación, se fue empapando del tema a través de videos en YouTube.

«Me gustaba la mecánica, pero no me dejaban entrar a trabajar en ningún taller, ni siquiera de ayudante. Por eso me fui a las ventas de repuestos y por cuatro años anduve a pie, ofreciendo marcas por todas partes, hasta que me dije: tengo que concentrarme en ser mecánica, que es lo que quiero«.

Alejandra pasó dos años buscando trabajo en talleres, aunque fuera lavando tuercas, pero no ocurrió. «Fueron años duros, me sentía frustrada, por el tema de ser mujer en este oficio: las manos, las uñas y todo eso», recuerda.

Poco después, conoció a su actual jefe, que le recomendó hacer unos cursos que dictaban en Caracas. «Comencé estudiando motores, luego suspensión y me retiré antes del módulo sobre electricidad, porque me da miedo».

La gran oportunidad

Para finales del curso, la oportunidad de entrar a un taller llegó, aunque aún estaba lejos de «echar llaves» como quería, en especial a los Mustang, que son su modelo preferido y su fuerte. «Mis labores eran subir a Caracas y buscar los carros, atendía a los clientes y limpiaba inyectores, que ni siquiera me dejaban bajar y eso que es una tontería. Igual yo seguía con la frustración de querer trabajar en un Mustang».

Con el tiempo, logró ganar la confianza de su jefe y al fin pudo armar y desarmar motores, como siempre deseó. «Me metí de lleno con la mecánica; mi oído se afinó tanto que con manejar un carro sé qué falla tiene», asegura la experta. Desde entonces han transcurrido seis años y la evolución de Alejandra como mujer y mecánica profesional le ha abierto muchas puertas y con ella la de otras mujeres, que sueñan con ser parte del mundo automotor en talleres que están dispuestos a contratarlas.

En diciembre pasado comenzó a subir en redes sociales contenidos explicativos de varios procedimientos mecánicos,que han tenido gran acogida entre el público. En menos de tres meses, Alejandra suma 39.9K seguidores en TikTok (@alewetter) y otros 14K en Instagram (@ale.wetter).

«Al principio subir videos fue muy rudo. Había gente que me dejaba comentarios muy malos y ofensivos. Yo entendía, porque me pasó antes, cuando buscaba trabajo en talleres y se burlaban de mí, pero no dejé que eso me afectara. Quería que la gente viera que no solo era una cara bonita detrás de una llave», dijo.

Desde entonces, Alejandra ha recibido el apoyo y admiración de muchos de sus seguidores y eso la motiva a continuar. Hace poco le propusieron ser la imagen de una de las gasolinas más importante a nivel internacional y de productos de otras marcas.

«He botado muchas lágrimas y siempre me digo: ten fuerza que en algún momento esto te va a llevar a algo. En el futuro, me veo con un taller propio y capacitando chicas que se sienten frustradas, como me pasó a mí, para que sepan que sí habrá talleres dispuestos a darles la oportunidad», resalta Alejandra.

«Hoy día me siento muy completa, he logrado todo lo que he querido, incluso tener un Mustang. Así termine vendiendo zapatos, siento que cumplí lo que quería hacer con mi vida», asegura la mecánica y futura imagen de marcas internacionales.

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Los carros que circulan por la Troncal 9 que conduce al oriente del país y atraviesan Caucagua, El Clavo, El Guapo y demás caseríos cercanos en el estado Miranda, cuentan con el servicio de grúa de Mariana Rivas, la única mujer gruera de la zona y sus alrededores.

Desde pequeña se apasionó tanto por el manejo que a los nueve años ya sabía conducir carros automáticos, y sincrónicos a los 15. 

La afición le viene de familia, con su papá mecánico y gruero, igual que un tío y unos primos que trabajan en la misma zona, en la que muchas grúas nunca son demasiadas, para una carretera muy transitada como vía alterna que conduce a los estados del noreste del país.

Aunque es graduada en administración de empresas, la oficina que Mariana prefiere es el interior de su camioneta grúa Ford, de color rojo, año 1979, con gran potencia en la caja y el motor que remolca carros a cualquier lugar.

«Casi todos los días hago un servicio, aunque sea corto. A veces me salen traslados para Caracas», comenta la mujer, que también tiene un puesto de empanadas y sopas en la avenida El Clavo, al lado de la alcabala de la Guardia Nacional, desde donde espera a que la llamen quienes precisan de sus servicios. 

La oportunidad de convertirse en la primera mujer gruera de la zona, un oficio tradicionalmente realizado por hombres, llegó a Mariana hace un año, cuando uno de sus primos dejó de conducir la que hoy es su principal herramienta de trabajo, medio de transporte y hasta ambulancia de habitantes de la zona. 

«Aquí no tenemos ambulancia y una vez me tocó llevar hasta el hospital a una muchacha que se cayó en un hueco y se fracturó la pierna», recuerda. 

Para los servicios de grúa recibe apoyo de su pareja que la ayuda con las rampas. Para un futuro cercano, Mariana planea hacerle reparaciones a su grúa roja y cuando esté lista, continuará haciendo esto que no cambia por nada: conducir una, como los hombres de su familia.

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La dureza del trabajo en el campo durante años fue sinónimo de masculinidad, pero no hay una percepción más errada, porque las mujeres son capaces de hacerle frente al trabajo de la tierra por pasión. 

Margarita de Gouveia es una de esas mujeres que está enamorada de su trabajo como agricultora. Tiene 54 años de edad y 43 sembrando hortalizas. Empezó a los 11 junto a sus padres cultivando cilantro, repollo, brócoli, cebollín y zanahoria. Después se casó con un agricultor y ha dedicado toda su vida a cosechar terrenos en El Junquito.

«Nunca he salido a la calle a trabajar, puro sembrar, y me gusta», confiesa Margarita, quien añade que toda su familia siempre ha dependido económicamente de la venta de hortalizas. Sus dos hijas también son agricultoras: es un oficio heredado por varias generaciones. 

Sus días en el terreno transcurren entre lluvia y sol. Con escardillas, picos, machetes y rastrillos entre las manos mantienen la tierra y la cosecha limpia de maleza. 

Es una faena que demanda tiempo. «Uno empieza como a las 7:00 am y termina como a las 5:00 pm. Eso depende de si hay mucho monte, de aporcar el brócoli, de limpiar el cebollín. En el terreno todos los días hay trabajo», cuenta Margarita. 

Margarita de Gouveia agricultora

De esa doble jornada que les toca a las mujeres, pocos se detienen. Después del duro trabajo en los terrenos le sigue el más duro trabajo de la casa: todas las tardes al terminar de cultivar, Margarita barre la casa, limpia la cocina, pasa coleto y lava la ropa, una rutina que la ocupa de lunes a lunes. 

Margarita combina el gusto por cultivar la tierra con la cría de animales. Tiene unas pocas gallinas, pero espera poder construir un corral para unas 80 ponedoras y así tener huevos para la casa y para la venta.

A ella le gusta su trabajo como agricultora; sin embargo, recuerda que el tiempo pasado era mejor: «Ahora cuesta salir de la mercancía porque no hay pedidos, no hay plata para que la gente compre», lamenta. Dice que «antes» cargaban el camión, se iban a Coche y en pocas horas vendían todo. 

Pero Margarita y su familia dejaron de vender en el mercado de Coche «porque hay que pagar vacunas, hay que darle plata a uno y a otro, te piden hasta $50; entonces ni siquiera se ha vendido la hortaliza cuando ya tienes que pagar ese realero», cuenta la agricultora. 

También con sus manos ha cosechado cilantro, remolachas, lechugas, tomates y repollo. Sembrará zanahorias y tiene otras especies germinando en almácigos. Y aunque la faena es dura, Margarita dice que se ve a sí misma sembrando como hasta los 70 años.

Carolina Liendo, una vida entre rieles

Carolina Liendo fue mecánica del Metro de Caracas por 30 años, y la segunda mujer de un total de cinco pioneras que entraron a trabajar en el sistema en 1989, cuando era una rara excepción que mujeres ocuparan cargos que hacían los hombres. 

La vida de Carolina transcurrió entre los rieles, y la fascinación que siempre sintió por los trenes —que le hace brillar sus ojos— la acompañó en cada uno de los cargos que ocupó en las distintas áreas de mecánica, electrónica y electricidad. Por eso, el resultado de su trabajo era tan ejemplar como su esfuerzo, cualidad que le brindó la oportunidad de subir de nivel académico y profesional dentro de la empresa. 

Conoció el Metro con ojos de mecánica, luego de graduarse a los 18 años de Técnico en Mecánica de Mantenimiento, en la Escuela Rafael Vega. Fue seleccionada para hacer pasantías y ese mismo año logró formar parte del equipo.

«Entramos por un experimento. Los hombres se quejaban del exceso de trabajo y de peso a levantar, así que los jefes metieron mujeres para probar que lo haríamos bien y sin quejarnos. Y lo cumplíamos», recuerda.

«Allí duré nueve años, echando mecánica igual que un hombre. Muchos de mis compañeros se sentían intimidados por la presencia de las mujeres y nos hacían maldades, como darnos cosas muy pesadas y hacer todo más difícil. Me decían: Renuncia, y yo les decía, bótame. Se reían y terminaban diciendo: no podemos con esta negrita«.

Tras décadas metida entre rieles, motores, sistemas electrónicos y de frenos, Carola decidió cambiar la braga de mecánica y el par de botas de seguridad, que pesaban un kilo y medio, para trabajar en el área administrativa. Su satisfacción es haber vivido la mejor época del Metro de Caracas y pasar parte de su vida entre trenes, con su vocación y hasta un amor que aún la acompaña.

Carolina Liendo
Yeisy Rivas, detalles de carpintera Yeisi Rivas comenzó en la carpintería luego de hacer un taller de manualidades en el que aprendió a trabajar con piezas de madera. Comenzó a vender los cuadros que pintaba frente al Parque Zoológico de Caricuao. «Un muchacho que vendía allí le dijo a mi papá que como se iba del país estaba vendiendo sus máquinas. El monto era un dineral, pero nos dijo que le pagáramos por partes». El joven le explicó al padre de Yeisi cómo utilizar la escaladora, los taladros, cómo cortar y dibujar en la madera, pero fue ella quien estuvo atenta a los detalles para ponerlo en práctica.

Yeisi se fue un tiempo a Bolivia y, al llegar la pandemia, se quedó sin opciones para obtener ingresos: «Se me ocurrió dar cursos de arte online a las niñas, compré una máquina para cortar madera y vendía las tablas con los pinceles y las pinturas que iban a usar».
Al regresar a Venezuela continuó en el taller junto a su padre. «Cuando llegué vi que estaban haciendo cocinas, camas, clóset y me explicaron cómo se pega la fórmica, cómo se mide y me puse a fabricar de una vez».

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