South-Cargo-Enero-2022
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¿Se puede limitar el poder político?

Por Daniel Lema Rincón

La democracia occidental se erige como el modelo menos malo para desarrollar los potenciales de los ciudadanos de forma individual, mientras se garantiza el crecimiento de un país en conjunto como una sociedad.

Nuestras democracias se basan en derechos y deberes, libertades y límites, pesos y contrapesos; sin embargo, a pesar de ser -a mi criterio- el mejor modelo para lograr la felicidad humana, asistimos a una disminución en su apoyo, a crecientes y cada vez más diversas amenazas a su funcionamiento sin que al parecer pudiéramos hacer nada para evitarlo.

Podríamos filosofar durante años sin llegar a una respuesta acaso consensuada sobre las causas de esta situación, que se asemeja a la de un bote que va directo al precipicio.

Pero sí podemos identificar algunos puntos que nos ayuden a evitar esta debacle del sistema democrático occidental.

En primer lugar, está el individuo, cuyo desarrollo y crecimiento determinará el futuro de la sociedad. No cabe duda que es el individuo el centro de todo, de donde todo nace y acaba, ya que es el receptor último de sus decisiones y acciones, tanto individual como colectivamente.

Siendo el individuo la base o punto de partida, el segundo elemento es sin duda la educación; la aprendida en el hogar, llena de valores éticos y morales, que perfilan y desarrollan la actitud frente a las adversidades de la vida. Así como la dictada en centros educativos, que desarrolla y perfila las aptitudes individuales para que cada uno logre el mayor crecimiento posible de acuerdo a sus capacidades.

Un tercer elemento es el marco de desarrollo y convivencia; es decir, su sistema político. Ese que afecta -para bien o para mal- a todos los individuos, sin importar su estatus social, religión, raza o peor aún, sin importar si participan o no de él. Nadie escapa de la política y menos de sus consecuencias.

Este marco de convivencia que nos hemos dado como sociedad, determinado por los individuos, nos lleva a valorar la importancia del aporte de las personas y su educación. Esto explica por qué hay países donde se valora tanto la educación y otros no -ocho Leyes Orgánicas de Educación en España en apenas cuarenta años por ejemplo…-

Pero también nos muestra dónde está la oportunidad para trabajar y mejorar. En la política. Al respecto, se debe limitar estructuralmente el sistema político de los países.

No hablo sólo a nivel económico, «tanto mercado como sea posible y tanto estado como sea necesario», me refiero a limitar la estructura política como tal.

Para esto, es necesario contar con individuos que tengan convicciones y valores probados, que entiendan la política como un trabajo de servicio a los demás, que vayan más allá de las limitaciones partidistas y trabajen con sentido común.

Hace falta políticos que demuestren su amor por la camiseta, no solamente a la del partido sino a la de la sociedad, a la de lo público. Que demuestren que creen en lo que hacen y en lo que dicen.

Debemos eliminar de la política aquellos personajes que buscan quedar bien frente a los electores durante las campañas electorales, aquellos que sólo están para la foto, y que en definitiva, son nefastos para cualquier sociedad y país, porque sólo están en política por sus propios intereses.

¿Qué confianza transmiten los políticos que cambian o modifican el sistema de educación pública pero llevan a sus hijos a colegios privados? ¿Y los que cambian el sistema de salud pero van a clínicas privadas? ¿Y los que hablan de libertad, democracia y transparencia pero todavía hoy se reparten a dedo los jueces como quien se reparte un botín?

Y claro, nos topamos con la pregunta del millón ¿Cuándo se ha visto que el poder político se vaya a limitar a sí mismo? Se han dado casos, y qué mejor ejemplo en España que nuestra Constitución, la transición y su espíritu de convivencia, ese que nos dio la mayor etapa de progreso y desarrollo que hoy lucha por sobrevivir.

La ley debería estipular la obligatoriedad de que todos los cargos de elección popular, durante el tiempo de su mandato, así como sus cónyuges e hijos, deban asistir tanto a la educación como a la sanidad pública.

Jamás será la misma ley de educación o sanidad la que emane de un gobierno con una ideología determinada simplemente por ser gobierno, a aquella que deba ser presentada y aprobada por todos, y sabiendo que la ley formulada afectará directamente a todos.

Por supuesto, este principio solo aplica para elementos que afectan directamente a todo un país y puedan garantizar su destino.

Se trata de fortalecer a los ciudadanos, limitando el poder, se trata de garantizar que solo los más aptos y los que tengan las convicciones más sólidas se dediquen a la política. De hecho se trata de ayudar a los que ya trabajan por mantener la solidez y la dignidad de las instituciones para que puedan seguir haciendo su trabajo.

Se trata, al final, de adaptarse a los tiempos para mantener la democracia que cuida y garantiza nuestras libertades y futuro como individuos y como sociedad.

iberoeconomia.es

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La democracia occidental se erige como el modelo menos malo para desarrollar los potenciales de los ciudadanos de forma individual, mientras se garantiza el crecimiento de un país en conjunto como una sociedad.

Nuestras democracias se basan en derechos y deberes, libertades y límites, pesos y contrapesos; sin embargo, a pesar de ser -a mi criterio- el mejor modelo para lograr la felicidad humana, asistimos a una disminución en su apoyo, a crecientes y cada vez más diversas amenazas a su funcionamiento sin que al parecer pudiéramos hacer nada para evitarlo.

Podríamos filosofar durante años sin llegar a una respuesta acaso consensuada sobre las causas de esta situación, que se asemeja a la de un bote que va directo al precipicio.

Pero sí podemos identificar algunos puntos que nos ayuden a evitar esta debacle del sistema democrático occidental.

En primer lugar, está el individuo, cuyo desarrollo y crecimiento determinará el futuro de la sociedad. No cabe duda que es el individuo el centro de todo, de donde todo nace y acaba, ya que es el receptor último de sus decisiones y acciones, tanto individual como colectivamente.

Siendo el individuo la base o punto de partida, el segundo elemento es sin duda la educación; la aprendida en el hogar, llena de valores éticos y morales, que perfilan y desarrollan la actitud frente a las adversidades de la vida. Así como la dictada en centros educativos, que desarrolla y perfila las aptitudes individuales para que cada uno logre el mayor crecimiento posible de acuerdo a sus capacidades.

Un tercer elemento es el marco de desarrollo y convivencia; es decir, su sistema político. Ese que afecta -para bien o para mal- a todos los individuos, sin importar su estatus social, religión, raza o peor aún, sin importar si participan o no de él. Nadie escapa de la política y menos de sus consecuencias.

Este marco de convivencia que nos hemos dado como sociedad, determinado por los individuos, nos lleva a valorar la importancia del aporte de las personas y su educación. Esto explica por qué hay países donde se valora tanto la educación y otros no -ocho Leyes Orgánicas de Educación en España en apenas cuarenta años por ejemplo…-

Pero también nos muestra dónde está la oportunidad para trabajar y mejorar. En la política. Al respecto, se debe limitar estructuralmente el sistema político de los países.

No hablo sólo a nivel económico, «tanto mercado como sea posible y tanto estado como sea necesario», me refiero a limitar la estructura política como tal.

Para esto, es necesario contar con individuos que tengan convicciones y valores probados, que entiendan la política como un trabajo de servicio a los demás, que vayan más allá de las limitaciones partidistas y trabajen con sentido común.

Hace falta políticos que demuestren su amor por la camiseta, no solamente a la del partido sino a la de la sociedad, a la de lo público. Que demuestren que creen en lo que hacen y en lo que dicen.

Debemos eliminar de la política aquellos personajes que buscan quedar bien frente a los electores durante las campañas electorales, aquellos que sólo están para la foto, y que en definitiva, son nefastos para cualquier sociedad y país, porque sólo están en política por sus propios intereses.

¿Qué confianza transmiten los políticos que cambian o modifican el sistema de educación pública pero llevan a sus hijos a colegios privados? ¿Y los que cambian el sistema de salud pero van a clínicas privadas? ¿Y los que hablan de libertad, democracia y transparencia pero todavía hoy se reparten a dedo los jueces como quien se reparte un botín?

Y claro, nos topamos con la pregunta del millón ¿Cuándo se ha visto que el poder político se vaya a limitar a sí mismo? Se han dado casos, y qué mejor ejemplo en España que nuestra Constitución, la transición y su espíritu de convivencia, ese que nos dio la mayor etapa de progreso y desarrollo que hoy lucha por sobrevivir.

La ley debería estipular la obligatoriedad de que todos los cargos de elección popular, durante el tiempo de su mandato, así como sus cónyuges e hijos, deban asistir tanto a la educación como a la sanidad pública.

Jamás será la misma ley de educación o sanidad la que emane de un gobierno con una ideología determinada simplemente por ser gobierno, a aquella que deba ser presentada y aprobada por todos, y sabiendo que la ley formulada afectará directamente a todos.

Por supuesto, este principio solo aplica para elementos que afectan directamente a todo un país y puedan garantizar su destino.

Se trata de fortalecer a los ciudadanos, limitando el poder, se trata de garantizar que solo los más aptos y los que tengan las convicciones más sólidas se dediquen a la política. De hecho se trata de ayudar a los que ya trabajan por mantener la solidez y la dignidad de las instituciones para que puedan seguir haciendo su trabajo.

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