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Libertad, vacunas y estupidez humana

Por Daniel Lema Rincón

Desde el fin de los confinamientos y la salida al mercado de las vacunas para el tratamiento del COVID, surgió el debate entre aquellos que apoyan las vacunas y aquellos que, por una u otra razón no.

Hemos sido testigos de manifestaciones en varias partes del mundo, como respuesta a la imposición -o la posibilidad de imponer- la obligatoriedad de estar vacunado para poder visitar sitios públicos como restaurantes, teatros o conciertos dentro de un mismo país.

Vale que te pidan estar vacunado para entrar a un país; en primer lugar, porque cada país tiene el derecho y la obligación de legislar dentro de su territorio y, en segundo, porque la mucha o poca capacidad sanitaria de un país debe poder garantizar la atención a sus ciudadanos en primer lugar.

El último capítulo de este debate fue el caso de Novak Djokovic, número uno del ranking mundial de la ATP -tenis-, quien después de varios días de polémica, fue deportado de Australia sin poder jugar el abierto de ese país. Aún cuando Djokovic había pasado el COVID en diciembre y necesitaba estar vacunado, su visa fue anulada por el ministro de inmigración australiano Alex Hawke, basado en razones de «seguridad nacional».

Pero ¿Y cuando hablamos de los ciudadanos dentro de su propio país? Lo pregunto porque creo que es necesario reflexionar sobre esto.

No se puede hablar de imponer la vacunación a nadie, sobre todo cuando las vacunas no son fiables un 100% ¡Ninguna lo es! Cierto que ayudan -mucho- a prevenir el contagio, pero el punto central de todo es que no previenen que te vuelvas a enfermar de COVID, y además, ¡no evitan que contagies a otras personas!

Esto quiere decir, que tanto el no vacunado como el vacunado representan el mismo peligro para las personas o ¿Acaso si te contagia un vacunado el peligro es menor a que si te contagia un no vacunado? ¿Nos damos cuenta de la estupidez del debate?

El único peligro real que existe para los no vacunados, es desarrollar un cuadro grave que ponga en riesgo sus vidas si se contagian, pero aquí entran dos consideraciones: la libertad de elección de cada uno, y las dudas o desconfianza ante unas vacunas de las cuales no conocemos los efectos secundarios, ni los riesgos para la salud a largo plazo,  y que deberíamos tomar un poco más en consideración.

Una cosa es la precaución, el sentido común, la responsabilidad de las personas, por uno y para con los demás. Otra muy distinta es pretender discriminar a personas sanas por el hecho de no querer una vacuna que ha demostrado que no evita los contagios y que no evita que contagies a los demás. Sin mencionar que al final, tampoco es verdad el cuento de la inmunidad del rebaño que nos vendió el gobierno a través del grupo de expertos que no existía.

Delirios autoritarios, como los de el presidente francés Emmanuel Macron está llevando a cabo en Francia, paradójicamente, tierra de la «Liberté», donde se pretende imponer altas multas y hasta penas de cárcel contra las personas que no se vacunen, deben ser denunciados. O los ataques públicos que en España hace Pablo Iglesias, contra los no vacunados porque pueden saturar las UCIS de los hospitales y no dejar sitio para los vacunados.

Hago un inciso para recordar que hay elecciones presidenciales en Francia en el mes de abril, y elecciones autonómicas en Castilla y León en febrero, y en Andalucía, España, todavía por definir fecha.

Es muy probable -personalmente estoy seguro- que estas medidas contra los antivacunas, y estos ataques en medios de comunicación sólo son estrategias políticas para polarizar el ambiente y sacar rédito político.

Ejerzamos el pensamiento crítico y seamos contundentes a la hora de defender la libertad, la responsabilidad y el sentido común que ameritan estos tiempos, poniendo en su sitio, con voz alta y clara, a aquellos que nos toman por tontos.

iberoeconomia.es

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Desde el fin de los confinamientos y la salida al mercado de las vacunas para el tratamiento del COVID, surgió el debate entre aquellos que apoyan las vacunas y aquellos que, por una u otra razón no.

Hemos sido testigos de manifestaciones en varias partes del mundo, como respuesta a la imposición -o la posibilidad de imponer- la obligatoriedad de estar vacunado para poder visitar sitios públicos como restaurantes, teatros o conciertos dentro de un mismo país.

Vale que te pidan estar vacunado para entrar a un país; en primer lugar, porque cada país tiene el derecho y la obligación de legislar dentro de su territorio y, en segundo, porque la mucha o poca capacidad sanitaria de un país debe poder garantizar la atención a sus ciudadanos en primer lugar.

El último capítulo de este debate fue el caso de Novak Djokovic, número uno del ranking mundial de la ATP -tenis-, quien después de varios días de polémica, fue deportado de Australia sin poder jugar el abierto de ese país. Aún cuando Djokovic había pasado el COVID en diciembre y necesitaba estar vacunado, su visa fue anulada por el ministro de inmigración australiano Alex Hawke, basado en razones de «seguridad nacional».

Pero ¿Y cuando hablamos de los ciudadanos dentro de su propio país? Lo pregunto porque creo que es necesario reflexionar sobre esto.

No se puede hablar de imponer la vacunación a nadie, sobre todo cuando las vacunas no son fiables un 100% ¡Ninguna lo es! Cierto que ayudan -mucho- a prevenir el contagio, pero el punto central de todo es que no previenen que te vuelvas a enfermar de COVID, y además, ¡no evitan que contagies a otras personas!

Esto quiere decir, que tanto el no vacunado como el vacunado representan el mismo peligro para las personas o ¿Acaso si te contagia un vacunado el peligro es menor a que si te contagia un no vacunado? ¿Nos damos cuenta de la estupidez del debate?

El único peligro real que existe para los no vacunados, es desarrollar un cuadro grave que ponga en riesgo sus vidas si se contagian, pero aquí entran dos consideraciones: la libertad de elección de cada uno, y las dudas o desconfianza ante unas vacunas de las cuales no conocemos los efectos secundarios, ni los riesgos para la salud a largo plazo,  y que deberíamos tomar un poco más en consideración.

Una cosa es la precaución, el sentido común, la responsabilidad de las personas, por uno y para con los demás. Otra muy distinta es pretender discriminar a personas sanas por el hecho de no querer una vacuna que ha demostrado que no evita los contagios y que no evita que contagies a los demás. Sin mencionar que al final, tampoco es verdad el cuento de la inmunidad del rebaño que nos vendió el gobierno a través del grupo de expertos que no existía.

Delirios autoritarios, como los de el presidente francés Emmanuel Macron está llevando a cabo en Francia, paradójicamente, tierra de la «Liberté», donde se pretende imponer altas multas y hasta penas de cárcel contra las personas que no se vacunen, deben ser denunciados. O los ataques públicos que en España hace Pablo Iglesias, contra los no vacunados porque pueden saturar las UCIS de los hospitales y no dejar sitio para los vacunados.

Hago un inciso para recordar que hay elecciones presidenciales en Francia en el mes de abril, y elecciones autonómicas en Castilla y León en febrero, y en Andalucía, España, todavía por definir fecha.

Es muy probable -personalmente estoy seguro- que estas medidas contra los antivacunas, y estos ataques en medios de comunicación sólo son estrategias políticas para polarizar el ambiente y sacar rédito político.

Ejerzamos el pensamiento crítico y seamos contundentes a la hora de defender la libertad, la responsabilidad y el sentido común que ameritan estos tiempos, poniendo en su sitio, con voz alta y clara, a aquellos que nos toman por tontos.

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