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El gran error económico compartido por nazis, comunistas y socialistas

La economía no es un juego de suma cero, al contrario de lo que defienden las ideologías totalitarias.

Caricatura de Hitler y Stalin | Cordon Press

Por Rainer Zitelmann

Las ideologías totalitarias detestan al individuo. Quieren subordinarlo ante el colectivo, sin importar el precio que toque pagar. Pensemos en las máximas del nacional-socialismo: «du bist nichts, dein volk ist alles» («tú no eres nada, tu pueblo lo es todo») y «gemeinwohl vor eegenwohl» («el bien común por encima del bien propio»). El propio Hitler declaró en noviembre de 1930 que «en cada esfera de la vida económica debemos eliminar la idea de que el beneficio del individuo es lo importante y la noción de que el beneficio colectivo emerge del beneficio del individuo. Es al revés: el beneficio del conjunto es lo que puede otorgar beneficio al individuo. Si no partimos de ese principio, el egoísmo se asienta hasta desgarrar a la comunidad».

Esta convicción une a todos los pensadores totalitarios, revolucionarios y dictadores, desde Robespierre y la Revolución Francesa hasta Lenin, Stalin, Hitler o Mao. Hannah Arendt, una de las más importantes pensadoras del siglo XX, escribió en su obra Sobre la revolución que «la Revolución Francesa no es un caso aparte, en todas las revoluciones ha aparecido la caracterización del interés individual como enemigo de lo colectivo. Precisamente, el terror de Robespierre, como el de Lenin y Stalin, se explica por la urgencia de aplastar al individuo y acabar con cualquier interés particular«. Arendt defendió al respecto que el altruismo es la más alta virtud del hombre precisamente porque le lleva a dejar a un lado su interés propio y su voluntad, para actuar en pro del bien común.

Siglos antes de Arendt, Adam Smith enfatizó los beneficios del egoísmo, al tiempo que insistió en que todas las personas necesitan ayuda de los demás, de modo que sus acciones particulares se mueven siempre dentro de ese cálculo de dependencias mutuas. Smith destacó, en cualquier caso, que nadie puede depender únicamente de la buena voluntad de los demás: «si queremos prevalecer, debemos demostrar que tenemos amor propio y que queremos usarlo en beneficio propio (…). No es por la benevolencia del carnicero, el cervecero o el panadero que podemos contar con nuestra cena, sino por su consideración de los intereses propios. No apelamos, pues, a su humanidad, sino a su interés y su amor propio, y no buscamos entendernos con ellos en base a nuestras propias necesidades, sino a las ventajas que obtendrán vendiéndonos su producto».

Por su parte, Ludwig von Mises enfatizó que es un error contrastar acciones egoístas y altruistas. Afortunadamente, «el poder de elegir si mis acciones y mi conducta me servirán a mí o a mis semejantes es algo que me haya sido otorgado… Si así fuera, la sociedad no sería humanamente posible».

Muchas personas equiparan la búsqueda de ganancias con la codicia e incluso se sienten incómodas con la idea de que existan beneficios empresariales, pues creen que la vida económica funciona como un juego de suma cero. La investigación científica ha demostrado que las personas que mantienen sentimientos de envidia hacia los ricos se adhieren a este tipo de creencia, según la cual la ganancia de una persona siempre se deriva de la pérdida de otra, como en un partido de tenis en el que siempre debe haber un ganador y un perdedor.

Los creyentes en la teoría de suma cero imaginan que una persona rica solo puede enriquecerse a expensas de otros, especialmente de los trabajadores, a quienes explotan. Se imaginan la economía como un pastel que siempre tiene el mismo tamaño. Por eso, si una persona se come una porción más grande, será necesariamente porque a otra persona le corresponderá una porción más pequeña.

Pero no es así como funciona el capitalismo. Las ganancias comerciales y de productividad aumentan el tamaño del pastel. Cuando la economía crece, muchas personas se benefician, no solo los capitalistas, sino también sus empleados. Y si hay una crisis económica, entonces, en el peor de los casos, el empresario debe temer por la existencia de su empresa y los empleados por sus puestos de trabajo.

La contradicción de clase entre capitalistas y trabajadores no existe como tal. Más bien, los intereses de ambas partes son convergentes, porque en una empresa floreciente, tanto el propietario como los trabajadores suelen estar en mejores condiciones que en una empresa que obtiene pocas ganancias y quizá incluso se ve amenazada por la bancarrota.

Rainer Zitelmann es el autor de «El capitalismo no es el problema, es la solución» (Unión Editorial, 2021). Considerado uno de los liberales más influyentes de Alemania, es doctor en Sociología e Historia, empresario de éxito y columnista habitual en medios como City AM, Frankfurter Allgemeine Zeitung, Le Point o Forbes. En enero de 2022 se publicará su nuevo libro, «Los ricos en la opinión pública» (Colección Centro Diego de Covarrubias, Unión Editorial, 2022).

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Por Rainer Zitelmann

Las ideologías totalitarias detestan al individuo. Quieren subordinarlo ante el colectivo, sin importar el precio que toque pagar. Pensemos en las máximas del nacional-socialismo: «du bist nichts, dein volk ist alles» («tú no eres nada, tu pueblo lo es todo») y «gemeinwohl vor eegenwohl» («el bien común por encima del bien propio»). El propio Hitler declaró en noviembre de 1930 que «en cada esfera de la vida económica debemos eliminar la idea de que el beneficio del individuo es lo importante y la noción de que el beneficio colectivo emerge del beneficio del individuo. Es al revés: el beneficio del conjunto es lo que puede otorgar beneficio al individuo. Si no partimos de ese principio, el egoísmo se asienta hasta desgarrar a la comunidad».

Esta convicción une a todos los pensadores totalitarios, revolucionarios y dictadores, desde Robespierre y la Revolución Francesa hasta Lenin, Stalin, Hitler o Mao. Hannah Arendt, una de las más importantes pensadoras del siglo XX, escribió en su obra Sobre la revolución que «la Revolución Francesa no es un caso aparte, en todas las revoluciones ha aparecido la caracterización del interés individual como enemigo de lo colectivo. Precisamente, el terror de Robespierre, como el de Lenin y Stalin, se explica por la urgencia de aplastar al individuo y acabar con cualquier interés particular«. Arendt defendió al respecto que el altruismo es la más alta virtud del hombre precisamente porque le lleva a dejar a un lado su interés propio y su voluntad, para actuar en pro del bien común.

Siglos antes de Arendt, Adam Smith enfatizó los beneficios del egoísmo, al tiempo que insistió en que todas las personas necesitan ayuda de los demás, de modo que sus acciones particulares se mueven siempre dentro de ese cálculo de dependencias mutuas. Smith destacó, en cualquier caso, que nadie puede depender únicamente de la buena voluntad de los demás: «si queremos prevalecer, debemos demostrar que tenemos amor propio y que queremos usarlo en beneficio propio (…). No es por la benevolencia del carnicero, el cervecero o el panadero que podemos contar con nuestra cena, sino por su consideración de los intereses propios. No apelamos, pues, a su humanidad, sino a su interés y su amor propio, y no buscamos entendernos con ellos en base a nuestras propias necesidades, sino a las ventajas que obtendrán vendiéndonos su producto».

Por su parte, Ludwig von Mises enfatizó que es un error contrastar acciones egoístas y altruistas. Afortunadamente, «el poder de elegir si mis acciones y mi conducta me servirán a mí o a mis semejantes es algo que me haya sido otorgado… Si así fuera, la sociedad no sería humanamente posible».

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Los creyentes en la teoría de suma cero imaginan que una persona rica solo puede enriquecerse a expensas de otros, especialmente de los trabajadores, a quienes explotan. Se imaginan la economía como un pastel que siempre tiene el mismo tamaño. Por eso, si una persona se come una porción más grande, será necesariamente porque a otra persona le corresponderá una porción más pequeña.

Pero no es así como funciona el capitalismo. Las ganancias comerciales y de productividad aumentan el tamaño del pastel. Cuando la economía crece, muchas personas se benefician, no solo los capitalistas, sino también sus empleados. Y si hay una crisis económica, entonces, en el peor de los casos, el empresario debe temer por la existencia de su empresa y los empleados por sus puestos de trabajo.

La contradicción de clase entre capitalistas y trabajadores no existe como tal. Más bien, los intereses de ambas partes son convergentes, porque en una empresa floreciente, tanto el propietario como los trabajadores suelen estar en mejores condiciones que en una empresa que obtiene pocas ganancias y quizá incluso se ve amenazada por la bancarrota.

Rainer Zitelmann es el autor de «El capitalismo no es el problema, es la solución» (Unión Editorial, 2021). Considerado uno de los liberales más influyentes de Alemania, es doctor en Sociología e Historia, empresario de éxito y columnista habitual en medios como City AM, Frankfurter Allgemeine Zeitung, Le Point o Forbes. En enero de 2022 se publicará su nuevo libro, «Los ricos en la opinión pública» (Colección Centro Diego de Covarrubias, Unión Editorial, 2022).

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