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José Balza: «Eres otro en cada momento de la escritura, aunque el secreto resida en una humilde coma»

Foto Javier Narvaéz

Por Karen Lentini Gómez

Afinaciones, publicado por Ediciones La Palma, es un libro de escala mayor escrito por José Balza (Delta del Orinoco, Venezuela, 1939) en el que canta la literatura a través del análisis de la obra de otros autores, textos propios y trabajos a cuatro manos. No solo expone su pensamiento y reflexión en torno a la escritura, sino que demuestra el perfecto equilibrio entre el estremecimiento de la ficción y la agudeza del ensayo. Es un tratado sobre literatura abordado como lector, autor y crítico en el que analiza personajes, historias, instrumentos de composición y la vasta red de correspondencias estructurales y temáticas entre escritores.

Usted establece que el origen del ensayo es el aforismo: «un pensamiento desnudo que busca expresión; texto que toca al alma con tal naturalidad que ella parece haberlo creado: ¿no son estos procedimientos y efectos del ensayo según lo apreciamos hoy?» Igualmente, afirma: «Es suficiente hallar su síntesis fulminante para introducirnos en la creencia o en la duda. Y hasta al rechazarlo nos obliga a pensar» ¿Qué condición mínima debe tener un buen aforismo? ¿Tiene que ver con el sentido, con el tratamiento lingüístico? ¿Es más profunda la reflexión? ¿En qué se diferencia de las sentencias morales?

La sentencia moral solo busca dar ejemplo, puede estar cercana a lo religioso. El aforismo busca la libertad, es una súbita (por su hallazgo, por su brevedad) iluminación de algo que puede haber permanecido oculto en la humanidad o una propuesta novedosa. Incluye la ética, pero carece de límites conceptuales. De allí su irreverencia.

La brevedad, la fragmentación, los aforismos han estado presentes desde tiempos remotos y en diferentes culturas. «Los miembros más cortos», como los llamaba Hermógenes, contienen una serie de recursos, de significados perífrasis, elipsis, antonomasia que no necesariamente hace falta entender, desde la perspectiva composicional, para atrapar al lector. En Afinaciones señala que, según Emilio Blanco, el espectro temático del aforismo varía con el tiempo y las sociedades. Actualmente se citan frases incluso desconociendo su significado y la verdadera autoría¿Estamos en una época en que las redes sociales favorecen la existencia del aforismo? ¿Corre el riesgo de perder calidad con tanto ruido?

El aforismo es pensamiento, no ingenio u ocurrencia momentánea, aunque algo de esto hay en su aparición. Las redes coinciden, quizá sin saberlo, con los aforistas. Es natural. Pero reiterar o repetir una percepción no posee originalidad. El aforismo no puede carecer de vínculos duraderos con la inteligencia y el inconsciente, con lo inesperado. El tiempo retendrá frases valiosas del “ruido” social; de no convertirse en verdades, tendrán (ya ocurre así) cualidad de refranes, chistes o moralejas.

Truman Capote afirmaba que había que alejarse un poco de la emoción cuando se escribe, esperar que esta repose. Si los aforismos son «un impulso físico muy localizado» me pregunto: ¿sucede lo mismo si se escribe una reseña –sobre otro autor– o un ensayo? ¿La emoción puede tergiversar el mensaje?

¡Qué paradoja! Creo que Capote escribió todo bajo emociones (comerciales, un tanto teatrales, como efectos). El impulso físico que lleva a escribir un aforismo, creo, está hondamente arraigado en el momento y en la personalidad de su hacedor. El ensayo puede poseer este origen, pero no tarda en revisarse a sí mismo, alejarse. Es una segunda emoción con la cual el autor arriesga su opinión, también su talento.

En este libro tanto «Desde Jericó» pasando por «Trampas» hasta «Etcétera» se siente la naturaleza, la ciudad, los escenarios como narraciones autónomas e independientes. El lector se acerca a sus cuentos esperando que al terminar de leer el misterio o el miedo se desvanezcan, pero permanecen allí y se dosifican con su brillante indagación sobre la obra de otros. ¿Por qué prefiere a los poetas y narradores que también escriben ensayo o crítica?

En principio, porque una cosa es leer poesía o ficciónEsto no necesita apoyos: se trata de tu desnudez ante otra desnudez. Pero cuando un autor comenta a otro o a factores de la escritura, sin advertirlo se despersonaliza. Hasta puede parecer opuesto a sí mismo. Me gusta hallar esas metamorfosis. Por otra parte, en una buena narración o en un excelente poema hay algo que queda en suspenso. En ocasiones, arriesgándose a ser muy limitado o torpe el autor vislumbra y nos señala otros ecos para tal expectación.

Parece que el estilo del escritor va ligado a su personalidad, como si se tratara de un reflejo de su sensibilidad. Si tuviese que observar su relato «La ciudad doble» desde la visión de lector y como crítico, ¿cómo definiría su estilo?

Es difícil responderte porque, aunque no lo creas, cada narración es un momento verbal distinto. La anécdota, los personajes o la forma se imponen –juntos o independientemente– y te obligan a seguirlos. Eres otro en cada momento de la escritura, aunque el secreto resida en una humilde coma. El estilo pertenece al lector, es él quien fija cada momento expresivo como si el trabajo todo de un escritor estuviese inmóvil allí.

En el mundo de su relato «Trampas» a los personajes «les da pereza razonar». ¿Qué posibilidades de aprender a razonar y potenciar la capacidad de trabajo puede desarrollarse en un país como Venezuela, con un Gobierno que pretende llevar a cabo la “redimensión del sistema nacional de ingreso en la universidad”? Proyecto que aparentemente excluye las carreras vinculadas con las humanidades y las ciencias sociales.

Cada sociedad ha atravesado violencias crecientes. Y períodos de estabilidad. Venezuela no es la excepción. En la actualidad, se nota que la democracia no educó a las masas para defenderla. Si hubiesen aprendido a razonar (ayer y hoy) la situación sería distinta. Pero todos cometimos errores. Ahora predomina la alarma ante eso.

A su manera, nuestras universidades, sus autoridades, estudiantes y profesores se defienden y tenemos jóvenes políticos lúcidos y valerosos. Tampoco la inteligencia verdadera cede su vigor: tanto en un humilde hogar como en aldeas o barrios, en escuelitas o instituciones superiores, hay independencia y creatividad. Eso contiene crítica y conciencia. Estamos aislados y desamparados en cuanto a fuerzas de acción, pero no ciegos ni sordos. La enfermiza clasificación política de derecha e izquierda destruye cualquier razonamiento justo. Atender las dificultades de la vida diaria, obviando esa imbecilidad, despierta a la gente.

Ya recuperaremos el adecuado nivel académico para las disciplinas mentales de gran calibre. Pero está más viva que nunca, aunque fragmentada, la aptitud individual para razonar, analizar, crear.

¿Qué es para Balza un lector despierto? ¿Podría mostrarlo con un aforismo?

Lector despierto y sus aforismos: tú.

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Usted establece que el origen del ensayo es el aforismo: «un pensamiento desnudo que busca expresión; texto que toca al alma con tal naturalidad que ella parece haberlo creado: ¿no son estos procedimientos y efectos del ensayo según lo apreciamos hoy?» Igualmente, afirma: «Es suficiente hallar su síntesis fulminante para introducirnos en la creencia o en la duda. Y hasta al rechazarlo nos obliga a pensar» ¿Qué condición mínima debe tener un buen aforismo? ¿Tiene que ver con el sentido, con el tratamiento lingüístico? ¿Es más profunda la reflexión? ¿En qué se diferencia de las sentencias morales?

La sentencia moral solo busca dar ejemplo, puede estar cercana a lo religioso. El aforismo busca la libertad, es una súbita (por su hallazgo, por su brevedad) iluminación de algo que puede haber permanecido oculto en la humanidad o una propuesta novedosa. Incluye la ética, pero carece de límites conceptuales. De allí su irreverencia.

La brevedad, la fragmentación, los aforismos han estado presentes desde tiempos remotos y en diferentes culturas. «Los miembros más cortos», como los llamaba Hermógenes, contienen una serie de recursos, de significados perífrasis, elipsis, antonomasia que no necesariamente hace falta entender, desde la perspectiva composicional, para atrapar al lector. En Afinaciones señala que, según Emilio Blanco, el espectro temático del aforismo varía con el tiempo y las sociedades. Actualmente se citan frases incluso desconociendo su significado y la verdadera autoría¿Estamos en una época en que las redes sociales favorecen la existencia del aforismo? ¿Corre el riesgo de perder calidad con tanto ruido?

El aforismo es pensamiento, no ingenio u ocurrencia momentánea, aunque algo de esto hay en su aparición. Las redes coinciden, quizá sin saberlo, con los aforistas. Es natural. Pero reiterar o repetir una percepción no posee originalidad. El aforismo no puede carecer de vínculos duraderos con la inteligencia y el inconsciente, con lo inesperado. El tiempo retendrá frases valiosas del “ruido” social; de no convertirse en verdades, tendrán (ya ocurre así) cualidad de refranes, chistes o moralejas.

Truman Capote afirmaba que había que alejarse un poco de la emoción cuando se escribe, esperar que esta repose. Si los aforismos son «un impulso físico muy localizado» me pregunto: ¿sucede lo mismo si se escribe una reseña –sobre otro autor– o un ensayo? ¿La emoción puede tergiversar el mensaje?

¡Qué paradoja! Creo que Capote escribió todo bajo emociones (comerciales, un tanto teatrales, como efectos). El impulso físico que lleva a escribir un aforismo, creo, está hondamente arraigado en el momento y en la personalidad de su hacedor. El ensayo puede poseer este origen, pero no tarda en revisarse a sí mismo, alejarse. Es una segunda emoción con la cual el autor arriesga su opinión, también su talento.

En este libro tanto «Desde Jericó» pasando por «Trampas» hasta «Etcétera» se siente la naturaleza, la ciudad, los escenarios como narraciones autónomas e independientes. El lector se acerca a sus cuentos esperando que al terminar de leer el misterio o el miedo se desvanezcan, pero permanecen allí y se dosifican con su brillante indagación sobre la obra de otros. ¿Por qué prefiere a los poetas y narradores que también escriben ensayo o crítica?

En principio, porque una cosa es leer poesía o ficciónEsto no necesita apoyos: se trata de tu desnudez ante otra desnudez. Pero cuando un autor comenta a otro o a factores de la escritura, sin advertirlo se despersonaliza. Hasta puede parecer opuesto a sí mismo. Me gusta hallar esas metamorfosis. Por otra parte, en una buena narración o en un excelente poema hay algo que queda en suspenso. En ocasiones, arriesgándose a ser muy limitado o torpe el autor vislumbra y nos señala otros ecos para tal expectación.

Parece que el estilo del escritor va ligado a su personalidad, como si se tratara de un reflejo de su sensibilidad. Si tuviese que observar su relato «La ciudad doble» desde la visión de lector y como crítico, ¿cómo definiría su estilo?

Es difícil responderte porque, aunque no lo creas, cada narración es un momento verbal distinto. La anécdota, los personajes o la forma se imponen –juntos o independientemente– y te obligan a seguirlos. Eres otro en cada momento de la escritura, aunque el secreto resida en una humilde coma. El estilo pertenece al lector, es él quien fija cada momento expresivo como si el trabajo todo de un escritor estuviese inmóvil allí.

En el mundo de su relato «Trampas» a los personajes «les da pereza razonar». ¿Qué posibilidades de aprender a razonar y potenciar la capacidad de trabajo puede desarrollarse en un país como Venezuela, con un Gobierno que pretende llevar a cabo la “redimensión del sistema nacional de ingreso en la universidad”? Proyecto que aparentemente excluye las carreras vinculadas con las humanidades y las ciencias sociales.

Cada sociedad ha atravesado violencias crecientes. Y períodos de estabilidad. Venezuela no es la excepción. En la actualidad, se nota que la democracia no educó a las masas para defenderla. Si hubiesen aprendido a razonar (ayer y hoy) la situación sería distinta. Pero todos cometimos errores. Ahora predomina la alarma ante eso.

A su manera, nuestras universidades, sus autoridades, estudiantes y profesores se defienden y tenemos jóvenes políticos lúcidos y valerosos. Tampoco la inteligencia verdadera cede su vigor: tanto en un humilde hogar como en aldeas o barrios, en escuelitas o instituciones superiores, hay independencia y creatividad. Eso contiene crítica y conciencia. Estamos aislados y desamparados en cuanto a fuerzas de acción, pero no ciegos ni sordos. La enfermiza clasificación política de derecha e izquierda destruye cualquier razonamiento justo. Atender las dificultades de la vida diaria, obviando esa imbecilidad, despierta a la gente.

Ya recuperaremos el adecuado nivel académico para las disciplinas mentales de gran calibre. Pero está más viva que nunca, aunque fragmentada, la aptitud individual para razonar, analizar, crear.

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