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Regreso a lo que realmente importa

Por Daniel Lema Rincón

La semana pasada  les comentaba que me gustaría empezar a escribir una serie de artículos en los que daría mi punto de vista sobre la política en general, entendiéndola como ese ámbito donde se dan luchas entre distintos actores y niveles para poder hacerse con el poder político para  tener la capacidad de organizar y controlar a la sociedad en función de un deber ser o una visión que los ciudadanos ya deberíamos conocer previamente.

Pues bien, para poder comenzar debo enmarcar y organizar de alguna manera los temas sobre los que quiero opinar, y para esto, voy a tomarme el atrevimiento de reflexionar sobre algunos de los puntos planteados por su santidad, el papa Francisco en la encíclica “Fratelli Tutti.”

Aproximadamente a principios de octubre del año pasado, recuerdo haber asistido a misa como todos los domingos en los que tengo oportunidad, y mientras escuchaba el sermón, me detuve a observar a dos grupos de niños. Habían asistido ese día a la misa porque se estaban preparando para realizar la primera comunión; por un momento, recordé cuando a mis compañeros de colegio y a mí nos prepararon para la misma ocasión, lo cierto es, que mientras veía a los pequeñajos, pude escuchar a lo lejos al padre hablar sobre esta encíclica.

Dicha encíclica podría traducirse como “hermanos todos” o “fraternos todos” y la había escrito el Papa para hacer referencia a la necesidad de observar las enseñanzas del amor y la fraternidad dentro de la sociedad. De la forma en que yo lo veo, es una voz potente que refuerza el llamado de todos los componentes de la sociedad, sobre todo el político, para retomar el camino de la vocación de servicio, de lo que realmente importa, de nuestra misión de vida y razón de ser , la capacidad de vivir y prosperar en armonía.

Considero que los puntos más interesantes del primer capítulo son los puntos que hablan, por ejemplo, de la globalización, donde se plantea que se ha convertido casi exclusivamente en una globalización económica, en la que se han acercado solamente los países y las economías de los países ricos y más poderosos. Los países pobres y sus culturas no sólo no ven un acercamiento con otros países y realidades que pueda enriquecerlos,  sino que ven cómo sus culturas se diluyen, en un nuevo modelo cultural instrumentalizado por grandes corporaciones.

Esto lleva a que se dé una deconstrucción del pasado; la negación de la historia, que vendría siendo la negación de la realidad debilita a las sociedades, el daño que se les causa a las personas y a los países es devastador; lamentablemente, vemos con mayor asiduidad cómo no sólo las corporaciones intentan establecer una cultura de consumo por encima de todo, sino cómo el estamento político de muchos países permite que un bando cambie o pretenda cambiar la historia o negar el pasado de su país, sólo porque conviene a los intereses de un partido o grupo de partidos en el poder.

No es necesario ir demasiado lejos, tenemos casos aquí mismo en España y en Venezuela, al igual que en casi cualquier país en el que podamos pensar. Un ejemplo de esto en España ha sido la retirada de las estatuas de Franco o el cambio de nombre de calles o plazas de personajes de la historia española pertenecientes al franquismo o al bando republicano.

Ninguna guerra es buena, ninguna dictadura es buena y por supuesto, ninguna víctima, muerto o torturado duele más que otro.

En Venezuela con el afán de crear un discurso político acorde con sus ambiciones personales, Chávez y los suyos empezaron a manipular la historia, a cambiar nombres y símbolos por igual, modificando la percepción de la realidad y sobre todo, la identidad colectiva de las personas. Negar la historia y la realidad que nos une, que nos da sentido como un todo es el intento superior de quitarle el arraigo y el sentido de pertenencia a una sociedad, y que sólo busca, dentro de esa opacidad, el control y sumisión de los ciudadanos ante una nueva realidad ajustada al discurso y  la  conveniencia de turno.

La realidad guste o no, es la realidad, y la historia debe ser un reflejo lo más fiel posible del pasado.  Conocer esa realidad es la única forma de comprender el presente y entender los errores y los fracasos; así como los aciertos y las victorias de un país y de esta manera evitar repetir las decisiones equivocadas,  para poder enfocarnos en mejorar las decisiones que nos llevaron a crecer y a superarnos como país.

Nuestro problema como sociedad, o , mejor dicho, como seres humanos, es que nos dejamos llevar por los intereses de unos pocos que, aún siendo quienes tienen la obligación moral de conducir los destinos de los países para que alcancen los mayores niveles posibles de progreso, desarrollo y bienestar, sólo piensan en buscar la forma de dividir, de conseguir y mantener el conflicto, la crispación y  la polarización para satisfacer intereses particulares.

Cualquiera que lea este artículo puede encontrar ejemplos de sobra en el país en el que se encuentre, pero ¿por qué buscar la división y la confrontación? Todos tratan de ser más elocuentes que el adversario, de tener la mejor foto y la palabra precisa para el momento indicado y al final sabemos que de lo dicho a lo hecho, hay mucho trecho.

La división y la confrontación se buscan porque parece que esto es más entretenido y sobre todo, más fácil que buscar ideas y desarrollar propuestas que puedan servir para mejorar la calidad de vida de las personas. La confrontación busca mantener un “statu quo” que no ayuda y no sirve a nadie más allá de aquellos que lo promueven, es necesario que nos demos cuenta de esto. En lugar de debatir las ideas de unos y otros, en lugar de proponer y buscar soluciones más completas y potentes entre todos, vemos que muchas veces, lo que se busca es silenciar, tapar e incluso negar al otro y a sus ideas.

Por supuesto me refiero a los partidos políticos, líderes y a los ciudadanos en general que cumplen las leyes, que respetan el estado de derecho y a las instituciones sin agendas ocultas; a los demás, hay que hacerles frente con la ley, con la fuerza de la constitución de cada país y de las instituciones que sobre sus leyes se asientan. Leyes que deben ser obedecidas y protegidas por todos sin excepción, ya que son la garantía de un futuro seguro y próspero para todos.

Y aunque todo este tema de cumplir las leyes, de respetar las instituciones, de lograr unión y consenso más allá de las diferencias normales que se dan dentro de la política, pueda sonar a discurso repetido, vacío y trillado no lo es; es de hecho, un tema fundamental, sumamente complejo y difícil de llevar a cabo, sencillamente porque para que se cumplan estas expectativas es necesario que cambien o los partidos, o los líderes, o algunas reglas del estamento político -o todas las anteriores-.

Por eso ha sido, es y seguirá siendo complicado, porque no hemos mirado hacia donde hay que mirar; o dicho de otra manera nos han desviado la mirada del foco central donde se encuentra la raíz de la solución. Piense por ejemplo en alguna crisis o situación traumática cualquiera, de esas que afectan el futuro y el bienestar de un país por completo como por ejemplo el desempleo, los sueldos de chiste, la educación o la sanidad; ahora, piense en cómo están esos problemas hoy en día ¿no son o no representan un problema en su país? ¿los han solucionado? O por lo menos ¿están trabajando para solucionarlos?

Los invito a pensar y a reflexionar sobre el asunto, porque es de lo que va a tratar mi artículo de la semana que viene y sería gratificante poder contar con sus comentarios y opiniones al respecto.

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Pues bien, para poder comenzar debo enmarcar y organizar de alguna manera los temas sobre los que quiero opinar, y para esto, voy a tomarme el atrevimiento de reflexionar sobre algunos de los puntos planteados por su santidad, el papa Francisco en la encíclica “Fratelli Tutti.”

Aproximadamente a principios de octubre del año pasado, recuerdo haber asistido a misa como todos los domingos en los que tengo oportunidad, y mientras escuchaba el sermón, me detuve a observar a dos grupos de niños. Habían asistido ese día a la misa porque se estaban preparando para realizar la primera comunión; por un momento, recordé cuando a mis compañeros de colegio y a mí nos prepararon para la misma ocasión, lo cierto es, que mientras veía a los pequeñajos, pude escuchar a lo lejos al padre hablar sobre esta encíclica.

Dicha encíclica podría traducirse como “hermanos todos” o “fraternos todos” y la había escrito el Papa para hacer referencia a la necesidad de observar las enseñanzas del amor y la fraternidad dentro de la sociedad. De la forma en que yo lo veo, es una voz potente que refuerza el llamado de todos los componentes de la sociedad, sobre todo el político, para retomar el camino de la vocación de servicio, de lo que realmente importa, de nuestra misión de vida y razón de ser , la capacidad de vivir y prosperar en armonía.

Considero que los puntos más interesantes del primer capítulo son los puntos que hablan, por ejemplo, de la globalización, donde se plantea que se ha convertido casi exclusivamente en una globalización económica, en la que se han acercado solamente los países y las economías de los países ricos y más poderosos. Los países pobres y sus culturas no sólo no ven un acercamiento con otros países y realidades que pueda enriquecerlos,  sino que ven cómo sus culturas se diluyen, en un nuevo modelo cultural instrumentalizado por grandes corporaciones.

Esto lleva a que se dé una deconstrucción del pasado; la negación de la historia, que vendría siendo la negación de la realidad debilita a las sociedades, el daño que se les causa a las personas y a los países es devastador; lamentablemente, vemos con mayor asiduidad cómo no sólo las corporaciones intentan establecer una cultura de consumo por encima de todo, sino cómo el estamento político de muchos países permite que un bando cambie o pretenda cambiar la historia o negar el pasado de su país, sólo porque conviene a los intereses de un partido o grupo de partidos en el poder.

No es necesario ir demasiado lejos, tenemos casos aquí mismo en España y en Venezuela, al igual que en casi cualquier país en el que podamos pensar. Un ejemplo de esto en España ha sido la retirada de las estatuas de Franco o el cambio de nombre de calles o plazas de personajes de la historia española pertenecientes al franquismo o al bando republicano.

Ninguna guerra es buena, ninguna dictadura es buena y por supuesto, ninguna víctima, muerto o torturado duele más que otro.

En Venezuela con el afán de crear un discurso político acorde con sus ambiciones personales, Chávez y los suyos empezaron a manipular la historia, a cambiar nombres y símbolos por igual, modificando la percepción de la realidad y sobre todo, la identidad colectiva de las personas. Negar la historia y la realidad que nos une, que nos da sentido como un todo es el intento superior de quitarle el arraigo y el sentido de pertenencia a una sociedad, y que sólo busca, dentro de esa opacidad, el control y sumisión de los ciudadanos ante una nueva realidad ajustada al discurso y  la  conveniencia de turno.

La realidad guste o no, es la realidad, y la historia debe ser un reflejo lo más fiel posible del pasado.  Conocer esa realidad es la única forma de comprender el presente y entender los errores y los fracasos; así como los aciertos y las victorias de un país y de esta manera evitar repetir las decisiones equivocadas,  para poder enfocarnos en mejorar las decisiones que nos llevaron a crecer y a superarnos como país.

Nuestro problema como sociedad, o , mejor dicho, como seres humanos, es que nos dejamos llevar por los intereses de unos pocos que, aún siendo quienes tienen la obligación moral de conducir los destinos de los países para que alcancen los mayores niveles posibles de progreso, desarrollo y bienestar, sólo piensan en buscar la forma de dividir, de conseguir y mantener el conflicto, la crispación y  la polarización para satisfacer intereses particulares.

Cualquiera que lea este artículo puede encontrar ejemplos de sobra en el país en el que se encuentre, pero ¿por qué buscar la división y la confrontación? Todos tratan de ser más elocuentes que el adversario, de tener la mejor foto y la palabra precisa para el momento indicado y al final sabemos que de lo dicho a lo hecho, hay mucho trecho.

La división y la confrontación se buscan porque parece que esto es más entretenido y sobre todo, más fácil que buscar ideas y desarrollar propuestas que puedan servir para mejorar la calidad de vida de las personas. La confrontación busca mantener un “statu quo” que no ayuda y no sirve a nadie más allá de aquellos que lo promueven, es necesario que nos demos cuenta de esto. En lugar de debatir las ideas de unos y otros, en lugar de proponer y buscar soluciones más completas y potentes entre todos, vemos que muchas veces, lo que se busca es silenciar, tapar e incluso negar al otro y a sus ideas.

Por supuesto me refiero a los partidos políticos, líderes y a los ciudadanos en general que cumplen las leyes, que respetan el estado de derecho y a las instituciones sin agendas ocultas; a los demás, hay que hacerles frente con la ley, con la fuerza de la constitución de cada país y de las instituciones que sobre sus leyes se asientan. Leyes que deben ser obedecidas y protegidas por todos sin excepción, ya que son la garantía de un futuro seguro y próspero para todos.

Y aunque todo este tema de cumplir las leyes, de respetar las instituciones, de lograr unión y consenso más allá de las diferencias normales que se dan dentro de la política, pueda sonar a discurso repetido, vacío y trillado no lo es; es de hecho, un tema fundamental, sumamente complejo y difícil de llevar a cabo, sencillamente porque para que se cumplan estas expectativas es necesario que cambien o los partidos, o los líderes, o algunas reglas del estamento político -o todas las anteriores-.

Por eso ha sido, es y seguirá siendo complicado, porque no hemos mirado hacia donde hay que mirar; o dicho de otra manera nos han desviado la mirada del foco central donde se encuentra la raíz de la solución. Piense por ejemplo en alguna crisis o situación traumática cualquiera, de esas que afectan el futuro y el bienestar de un país por completo como por ejemplo el desempleo, los sueldos de chiste, la educación o la sanidad; ahora, piense en cómo están esos problemas hoy en día ¿no son o no representan un problema en su país? ¿los han solucionado? O por lo menos ¿están trabajando para solucionarlos?

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