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La diáspora venezolana

Fotografía cedida por la Secretaría de Frontera y Cooperación Internacional de ciudadanos venezolanos atrapados cerca del puente internacional Simón Bolívar, principal paso fronterizo entre Colombia y Venezuela.

Casi la mitad de los exiliados se quedaron en Colombia, pero ya viven 400.000 en España. Jesús, vecino de Cartagena, cree que no podrá volver en el corto o medio plazo a su país

Julio López

El aeropuerto de Maiquetía, a una hora de Caracas, es uno de los lugares del mundo que más despedidas ha presenciado. Al sobreprecio que cuesta hacerse con un pasaporte en regla, algo más de 200 euros, más el posible soborno al funcionario de turno, hay que sumarle las restricciones que el régimen impone a los vuelos internacionales.

Los destinos de esta parte de la diáspora venezolana han sido principalmente España, Argentina y Estados Unidos. Con todo, no es la más sangrante. La mayoría de los emigrados forzosos hicieron el camino a pie o en autobús a través de la frontera de Cúcuta (Colombia) o Boa Vista (Brasil) y ahora son cerca de cinco millones y medio los nacionales que no residen en Venezuela desde el colapso del país en 2012, todavía con Hugo Chávez en el poder.

El año más duro, 2015, tiene un registro estimado de 1,8 millones de salidas sin retorno y en los últimos ciclos han sido en torno a cien mil personas anuales las que abandonaron el país. La Organización Internacional para las Migraciones y ACNUR estiman que el proceso de vaciado poblacional continuará pese a la pandemia y el cierre intermitente de fronteras.

Casi la mitad del total de los venezolanos exiliados se han quedado en Colombia (algo más de 1,7 millones), donde el Gobierno de Iván Duque ha expedido permisos de residencia a todos ellos por razones humanitarias. Y éste es un factor imprescindible para entender toda la situación y cualquiera de sus aristas. Colombia y Venezuela se consideran entre ellos países hermanos, unidos por una historia común. Y lo están, no sólo a nivel comercial y cultural. Los lazos son de parentesco y en el imaginario colectivo existe la creencia de que Colombia no soltará la mano, no puede hacerlo, de su propia familia.

La gente cruzando a través del río Táchira en la frontera entre Colombia y Venezuela, visto desde las afueras de Cúcuta, Colombia, en marzo de 2019.
La gente cruzando a través del río Táchira en la frontera entre Colombia y Venezuela, visto desde las afueras de Cúcuta, Colombia, en marzo de 2019. / CARLOS EDUARDO RAMÍREZ / REUTERS

Esa conexión también la tienen los venezolanos con España, que acoge a cuatrocientos mil, casi todos ya regularizados. Jesús Martín es uno de ellos, tiene 27 años y vive en Cartagena desde hace dos, aunque salió de Venezuela hace cuatro.

Jesús confirma que el Gobierno español, así como otros de la UE, no ponen especial dificultad para que los venezolanos consigan los permisos de trabajo y residencia, al contrario de lo que sucede con otras comunidades latinoamericanas. Pero es nuestro país el que más emigración recibe desde Venezuela, con mucha diferencia sobre el segundo destino, Italia, con cerca de cincuenta mil residentes, y Portugal, con unos veinticinco mil. Europa aporta estabilidad y seguridad, como reconoce Jesús, que cuenta que el momento elegido para su salida fue en 2015 tras el asesinato de su hermano a manos de un grupo de asaltantes. La criminalidad en Venezuela, focalizada en los colectivos motorizados y armados, es frecuente y consentida por las autoridades de la Policía y la Guardia Nacional. Estos elementos campan a sus anchas, sobre todo en las grandes ciudades, porque son considerados como adscritos al régimen y utilizados por el mismo para amedrentar manifestaciones y concentraciones de la oposición o de grupos vecinales.

Jesús no confía en poder volver a su país en el corto o medio plazo. Habla de haber perdido la «esperanza que siempre conservamos los venezolanos», y mantiene no tener expectativas factibles sobre el reciente período electoral, tanto las fraudulentas parlamentarias como con la consulta popular de la MUD, porque no confía en ninguna de las figuras políticas que batallan contra el régimen. Tampoco tiene mucha confianza en ellos Antonio Rosales, 28 años, que lleva tres años en Madrid y con cero intenciones de volver a Venezuela, donde está toda su familia y con quienes mantiene un contacto habitual siempre y cuando lo permite la conexión a internet. «El pan de cada día», como él describe, son los fallos eléctricos que impiden el normal funcionamiento de las redes y que se manifiestan en llamadas de pocos minutos cada quincena. Son las mismas averías que impiden el bombeo de agua por los canales tradicionales y, por tanto, la imposibilidad de acceso a este recurso vital en la mayoría de hogares gran parte del tiempo. Para sortear este escollo la población ha de guardar colas de hasta tres y cuatro horas frente a depósitos públicos o camiones cisterna.

La misma situación se reproduce con la asignación de gasolina, procesos para los cuales has de estar registrado en una web estatal e identificarte con huella dactilar, otro de los perversos procesos de control de la población.

Antonio explica que la crisis política, social y económica que se vive sobre el territorio es vista de manera inexacta desde el prisma de España donde se sitúa todo «en el eje de izquierdas o derechas». Este prisma, que ha tenido su traslado a los partidos políticos y a los medios de comunicación, ha logrado enquistarse hasta tal punto que casi cualquier tipo de diálogo a nivel informal resulta imposible, hastiado en el mejor de los casos. Prueba de ello es la utilización simplista que de este tema hacen algunos portavoces parlamentarios, o el intento descarado de posicionar a líderes de asociaciones de venezolanos en España contra el Gobierno del Estado o de la propia Unión Europea. Los puentes de diálogo y negociación se hacen cada día más indispensables.

Ataques a la Universidad

Sobre las restricciones diarias conoce Michelle Giraud, caraqueña hasta la médula, miembro de la directiva nacional del partido Primero Justicia y coordinadora del proyecto ‘Héroes de la Salud’ del gobierno interino de Juan Guaidó. Vive actualmente en Estados Unidos, pero planea volver a Venezuela cuando las medidas de aislamiento de la pandemia lo permitan. El proyecto ‘Héroes de la Salud’, implementado por el gobierno legítimo, consiguió entregar en 2020 a los profesionales sanitarios un monto de trescientos dólares, fraccionado en tres pagos, a través de una cuenta intervenida por el Departamento del Tesoro de Estados Unidos al Banco Central de Venezuela y que ascendía en ese momento a 342 millones de dólares. Las intervenciones de gobiernos de todo el mundo a bienes y dinero venezolano se han incrementado en los últimos años, fruto de las decisiones de la Asamblea Nacional y en colaboración con la comunidad internacional. Otra de esas intervenciones, quizá la más sonada, ha sido la retención de 31 toneladas de oro en los sótanos del Banco de Inglaterra.

Vista aérea del Puente Tienditas, en la frontera entre Cúcuta (Colombia) y Táchira (Venezuela), después de que fuerzas militares venezolanas lo bloquearan con contenedores el 6 de febrero de 2019.
Vista aérea del Puente Tienditas, en la frontera entre Cúcuta (Colombia) y Táchira (Venezuela), después de que fuerzas militares venezolanas lo bloquearan con contenedores el 6 de febrero de 2019. / MAURICIO DUEÑAS CASTAÑEDA / EFE

Michelle relata como una de las primeras acciones de los venezolanos en el exterior es el envío de divisas a sus familias. Sólo en 2019, último año con datos, llegaron algo más de 3.115 millones de dólares. Según Diálogo Interamericano, una Fundación con sede en Estados Unidos, 400 de esos millones salieron desde España. También, asevera, es poder continuar con las expectativas de estudios o trabajo, truncadas por la situación de parálisis del país. De su etapa en la representación estudiantil recuerda cómo la Universidad pública ha sido siempre uno de los pocos bastiones que el chavismo nunca ha podido controlar y, en consecuencia, cómo la institución docente, profesores y estudiantes, ha sufrido los ataques más voraces. Grupos violentos se han dedicado a perseguir y a agredir directamente a los líderes democráticos, como los delegados de alumnos o los rectores, y cuando esto no ha sido posible han atentado contra el patrimonio universitario. Especial mención merecen los laboratorios de investigación y las bibliotecas, saqueadas o incendiadas. Este año la Universidad Central de Caracas cumplirá 300 años de vida.

Presos políticos

La dirigente opositora sabe de primera mano de los sueños rotos de muchos venezolanos. Uno de esos sueños es el de la puesta en libertad de su colega, el diputado y preso político Juan Requesens, privado de libertad en el centro de torturas ‘El Helicoide’ durante dos años y que, por la presión internacional, cumplirá prisión domiciliaria. El de Juan Requesens es uno de los cientos de casos de miembros de partidos, sindicatos y asociaciones que han sido arrestados y encarcelados o mandados al exilio mediante amenazas a ellos o a sus familiares. La Organización de Estados Americanos certificó el pasado noviembre la lista elaborada por la ONG ‘Foro Penal’ que contabilizaba en hasta 370 presos políticos los que actualmente son retenidos de manera ilegal, sin derecho a juicio ni a asistencia debida.

La policía colombiana vigila el paso del río Táchira, frontera entre Colombia y Venezuela, paso habitual de inmigrantes.
La policía colombiana vigila el paso del río Táchira, frontera entre Colombia y Venezuela, paso habitual de inmigrantes. / MAURICIO DUEÑAS CASTAÑEDA / EFE

‘Malandro’ es la palabra que usan los venezolanos para referirse a aquellos que cometen actos delictivos y es también una de las acumuladas para denominar a los mandatarios chavistas. Los malandros son ladrones. El robo se ha normalizado y ha convertido al país en uno de los lugares más inseguros del mundo, por lo que también es normal que nadie porte objetos de valor por la calle, ni teléfonos móviles o joyas, mucho menos efectivo. Es la constatación de que el miedo se ha instalado en el modo de vida, una realidad que a efectos psicológicos puede tardar hasta una generación en ser removida de la mentalidad de la población.

Y pese a todo, los sueños persisten. El Ávila es el pico montañoso que guarda Caracas, un emblema de la ciudad y parte del recuerdo que todos tienen cuando piensan en volver a su tierra. Cuando fuera de cámara pude preguntarle a Michelle por la imagen de regresar a Caracas, reencontrarse con su madre y ver el Ávila, toda la entereza demostrada en la entrevista se derrumbó y se le escapó una lágrima. Y fue ahí cuando tuve que parar.

Fuente https://www.laverdad.es/internacional/america-latina/diaspora-venezolana-20210117201915-nt.html?ref=https:%2F%2Fwww.laverdad.es%2Finternacional%2Famerica-latina%2Fdiaspora-venezolana-20210117201915-nt.html

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La diáspora venezolana

Fotografía cedida por la Secretaría de Frontera y Cooperación Internacional de ciudadanos venezolanos atrapados cerca del puente internacional Simón Bolívar, principal paso fronterizo entre Colombia y Venezuela.

Casi la mitad de los exiliados se quedaron en Colombia, pero ya viven 400.000 en España. Jesús, vecino de Cartagena, cree que no podrá volver en el corto o medio plazo a su país

Julio López

El aeropuerto de Maiquetía, a una hora de Caracas, es uno de los lugares del mundo que más despedidas ha presenciado. Al sobreprecio que cuesta hacerse con un pasaporte en regla, algo más de 200 euros, más el posible soborno al funcionario de turno, hay que sumarle las restricciones que el régimen impone a los vuelos internacionales.

Los destinos de esta parte de la diáspora venezolana han sido principalmente España, Argentina y Estados Unidos. Con todo, no es la más sangrante. La mayoría de los emigrados forzosos hicieron el camino a pie o en autobús a través de la frontera de Cúcuta (Colombia) o Boa Vista (Brasil) y ahora son cerca de cinco millones y medio los nacionales que no residen en Venezuela desde el colapso del país en 2012, todavía con Hugo Chávez en el poder.

El año más duro, 2015, tiene un registro estimado de 1,8 millones de salidas sin retorno y en los últimos ciclos han sido en torno a cien mil personas anuales las que abandonaron el país. La Organización Internacional para las Migraciones y ACNUR estiman que el proceso de vaciado poblacional continuará pese a la pandemia y el cierre intermitente de fronteras.

Casi la mitad del total de los venezolanos exiliados se han quedado en Colombia (algo más de 1,7 millones), donde el Gobierno de Iván Duque ha expedido permisos de residencia a todos ellos por razones humanitarias. Y éste es un factor imprescindible para entender toda la situación y cualquiera de sus aristas. Colombia y Venezuela se consideran entre ellos países hermanos, unidos por una historia común. Y lo están, no sólo a nivel comercial y cultural. Los lazos son de parentesco y en el imaginario colectivo existe la creencia de que Colombia no soltará la mano, no puede hacerlo, de su propia familia.

La gente cruzando a través del río Táchira en la frontera entre Colombia y Venezuela, visto desde las afueras de Cúcuta, Colombia, en marzo de 2019.
La gente cruzando a través del río Táchira en la frontera entre Colombia y Venezuela, visto desde las afueras de Cúcuta, Colombia, en marzo de 2019. / CARLOS EDUARDO RAMÍREZ / REUTERS

Esa conexión también la tienen los venezolanos con España, que acoge a cuatrocientos mil, casi todos ya regularizados. Jesús Martín es uno de ellos, tiene 27 años y vive en Cartagena desde hace dos, aunque salió de Venezuela hace cuatro.

Jesús confirma que el Gobierno español, así como otros de la UE, no ponen especial dificultad para que los venezolanos consigan los permisos de trabajo y residencia, al contrario de lo que sucede con otras comunidades latinoamericanas. Pero es nuestro país el que más emigración recibe desde Venezuela, con mucha diferencia sobre el segundo destino, Italia, con cerca de cincuenta mil residentes, y Portugal, con unos veinticinco mil. Europa aporta estabilidad y seguridad, como reconoce Jesús, que cuenta que el momento elegido para su salida fue en 2015 tras el asesinato de su hermano a manos de un grupo de asaltantes. La criminalidad en Venezuela, focalizada en los colectivos motorizados y armados, es frecuente y consentida por las autoridades de la Policía y la Guardia Nacional. Estos elementos campan a sus anchas, sobre todo en las grandes ciudades, porque son considerados como adscritos al régimen y utilizados por el mismo para amedrentar manifestaciones y concentraciones de la oposición o de grupos vecinales.

Jesús no confía en poder volver a su país en el corto o medio plazo. Habla de haber perdido la «esperanza que siempre conservamos los venezolanos», y mantiene no tener expectativas factibles sobre el reciente período electoral, tanto las fraudulentas parlamentarias como con la consulta popular de la MUD, porque no confía en ninguna de las figuras políticas que batallan contra el régimen. Tampoco tiene mucha confianza en ellos Antonio Rosales, 28 años, que lleva tres años en Madrid y con cero intenciones de volver a Venezuela, donde está toda su familia y con quienes mantiene un contacto habitual siempre y cuando lo permite la conexión a internet. «El pan de cada día», como él describe, son los fallos eléctricos que impiden el normal funcionamiento de las redes y que se manifiestan en llamadas de pocos minutos cada quincena. Son las mismas averías que impiden el bombeo de agua por los canales tradicionales y, por tanto, la imposibilidad de acceso a este recurso vital en la mayoría de hogares gran parte del tiempo. Para sortear este escollo la población ha de guardar colas de hasta tres y cuatro horas frente a depósitos públicos o camiones cisterna.

La misma situación se reproduce con la asignación de gasolina, procesos para los cuales has de estar registrado en una web estatal e identificarte con huella dactilar, otro de los perversos procesos de control de la población.

Antonio explica que la crisis política, social y económica que se vive sobre el territorio es vista de manera inexacta desde el prisma de España donde se sitúa todo «en el eje de izquierdas o derechas». Este prisma, que ha tenido su traslado a los partidos políticos y a los medios de comunicación, ha logrado enquistarse hasta tal punto que casi cualquier tipo de diálogo a nivel informal resulta imposible, hastiado en el mejor de los casos. Prueba de ello es la utilización simplista que de este tema hacen algunos portavoces parlamentarios, o el intento descarado de posicionar a líderes de asociaciones de venezolanos en España contra el Gobierno del Estado o de la propia Unión Europea. Los puentes de diálogo y negociación se hacen cada día más indispensables.

Ataques a la Universidad

Sobre las restricciones diarias conoce Michelle Giraud, caraqueña hasta la médula, miembro de la directiva nacional del partido Primero Justicia y coordinadora del proyecto ‘Héroes de la Salud’ del gobierno interino de Juan Guaidó. Vive actualmente en Estados Unidos, pero planea volver a Venezuela cuando las medidas de aislamiento de la pandemia lo permitan. El proyecto ‘Héroes de la Salud’, implementado por el gobierno legítimo, consiguió entregar en 2020 a los profesionales sanitarios un monto de trescientos dólares, fraccionado en tres pagos, a través de una cuenta intervenida por el Departamento del Tesoro de Estados Unidos al Banco Central de Venezuela y que ascendía en ese momento a 342 millones de dólares. Las intervenciones de gobiernos de todo el mundo a bienes y dinero venezolano se han incrementado en los últimos años, fruto de las decisiones de la Asamblea Nacional y en colaboración con la comunidad internacional. Otra de esas intervenciones, quizá la más sonada, ha sido la retención de 31 toneladas de oro en los sótanos del Banco de Inglaterra.

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Michelle relata como una de las primeras acciones de los venezolanos en el exterior es el envío de divisas a sus familias. Sólo en 2019, último año con datos, llegaron algo más de 3.115 millones de dólares. Según Diálogo Interamericano, una Fundación con sede en Estados Unidos, 400 de esos millones salieron desde España. También, asevera, es poder continuar con las expectativas de estudios o trabajo, truncadas por la situación de parálisis del país. De su etapa en la representación estudiantil recuerda cómo la Universidad pública ha sido siempre uno de los pocos bastiones que el chavismo nunca ha podido controlar y, en consecuencia, cómo la institución docente, profesores y estudiantes, ha sufrido los ataques más voraces. Grupos violentos se han dedicado a perseguir y a agredir directamente a los líderes democráticos, como los delegados de alumnos o los rectores, y cuando esto no ha sido posible han atentado contra el patrimonio universitario. Especial mención merecen los laboratorios de investigación y las bibliotecas, saqueadas o incendiadas. Este año la Universidad Central de Caracas cumplirá 300 años de vida.

Presos políticos

La dirigente opositora sabe de primera mano de los sueños rotos de muchos venezolanos. Uno de esos sueños es el de la puesta en libertad de su colega, el diputado y preso político Juan Requesens, privado de libertad en el centro de torturas ‘El Helicoide’ durante dos años y que, por la presión internacional, cumplirá prisión domiciliaria. El de Juan Requesens es uno de los cientos de casos de miembros de partidos, sindicatos y asociaciones que han sido arrestados y encarcelados o mandados al exilio mediante amenazas a ellos o a sus familiares. La Organización de Estados Americanos certificó el pasado noviembre la lista elaborada por la ONG ‘Foro Penal’ que contabilizaba en hasta 370 presos políticos los que actualmente son retenidos de manera ilegal, sin derecho a juicio ni a asistencia debida.

La policía colombiana vigila el paso del río Táchira, frontera entre Colombia y Venezuela, paso habitual de inmigrantes.
La policía colombiana vigila el paso del río Táchira, frontera entre Colombia y Venezuela, paso habitual de inmigrantes. / MAURICIO DUEÑAS CASTAÑEDA / EFE

‘Malandro’ es la palabra que usan los venezolanos para referirse a aquellos que cometen actos delictivos y es también una de las acumuladas para denominar a los mandatarios chavistas. Los malandros son ladrones. El robo se ha normalizado y ha convertido al país en uno de los lugares más inseguros del mundo, por lo que también es normal que nadie porte objetos de valor por la calle, ni teléfonos móviles o joyas, mucho menos efectivo. Es la constatación de que el miedo se ha instalado en el modo de vida, una realidad que a efectos psicológicos puede tardar hasta una generación en ser removida de la mentalidad de la población.

Y pese a todo, los sueños persisten. El Ávila es el pico montañoso que guarda Caracas, un emblema de la ciudad y parte del recuerdo que todos tienen cuando piensan en volver a su tierra. Cuando fuera de cámara pude preguntarle a Michelle por la imagen de regresar a Caracas, reencontrarse con su madre y ver el Ávila, toda la entereza demostrada en la entrevista se derrumbó y se le escapó una lágrima. Y fue ahí cuando tuve que parar.

Fuente https://www.laverdad.es/internacional/america-latina/diaspora-venezolana-20210117201915-nt.html?ref=https:%2F%2Fwww.laverdad.es%2Finternacional%2Famerica-latina%2Fdiaspora-venezolana-20210117201915-nt.html

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