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SOCIEDAD Y VALORES

Por Daniel Lema Rincón

Reza el refrán que “al que no hace, le hacen…”, para advertir a los incautos que deben tomar las riendas de sus vidas, actuar, decidir desde la conciencia, la honradez y el sentido común, para trabajar por aquello que quieren o anhelan, y así, evitar ser presa fácil de advenedizos y manipuladores de turno.

De la misma forma que con las personas, pasa con las sociedades, a las que no hacen, le hacen. Esas sociedades que luchan y persisten en la consecución, respeto y aumento de sus derechos fundamentales: libertad, educación, trabajo, salud  y sueldos dignos  -entre otros-, son por lo general, sociedades pertenecientes a países más desarrollados.

Esto se debe a que cuanto más activa, culta y organizada sea una sociedad, menos probabilidades tendrán sus ciudadanos de  ser manipulados por intereses individuales o mezquinos.

No hace falta tener un Nobel en economía para darse cuenta de que nuestro poder adquisitivo, y con él inexorablemente nuestra calidad de vida, han venido cayendo de forma constante a través de los años, sin que nadie pueda -o quiera-, hacer algo para evitarlo.

Es difícil entender cómo esto puede pasar, no puedo dar explicaciones a esta realidad, sólo puedo decir aquello que veo todos los días, y que todos sabemos; que los sueldos se mantienen igual y el precio de los productos sube indeteniblemente, obligándonos a adaptarnos de muchas maneras, escogiendo marcas distintas a las habituales, comprando menos o simplemente, privándonos directamente de ciertos productos.

Voy a nombrar algunos ejemplos dentro de mi experiencia personal cuando hago mercado semanalmente en un conocido supermercado presente en toda la geografía nacional.

En este supermercado de origen valenciano, un kilo de carne picada a principios de verano tenía un precio de unos 4,70 € aproximadamente, hoy en día ya cuesta unos 5,10€, lo mismo pasa con el pollo o con las pechugas de pavo; ya ni se diga el pulpo, que ha pasado de costar en 2006 unos 6 euros el kilo a costar 19 euros el kilo actualmente.

Si tan siquiera pudiéramos decir que esto sólo pasa con los alimentos; pero no, esta situación de encarecimiento se da con la ropa, con los alquileres, con el precio de los servicios públicos, los carburantes  que no paran de subir y si acaso, se mantienen, aun cuando el precio del petróleo baje.Esta situación se da incluso, con la educación y la sanidad.

Siempre saldrá alguno a decir “pero ¿de qué te quejas? Si tenemos educación y sanidad pública, y nuestra sanidad es la mejor del mundo”. Pues NO,  es muy buena pero no es la mejor sanidad del mundo, y la educación, cada día -sobre todo desde la aprobación de la ley Celáa-deja mucho que desear, pero lo peor no es eso, lo peor es que el encarecimiento de todos esos bienes fundamentales que reforzaban nuestra calidad de vida, nos quita lo más preciado que tenemos los seres humanos, la libertad de elección.

El sistema nos quita la libertad de elección con sueldos que no alcanzan sino para sobrevivir a duras penas y si usted piensa que cada uno gana de acuerdo a su valía o sus estudios, déjeme decirle con todo respeto, que está equivocado, porque las personas que limpian oficinas o habitaciones de hotel, las personas que trabajan en hostelería, las que trabajan en atención al cliente o repartiendo comida, hacen el mismo trabajo aquí y en Austria, Reino Unido o Noruega, y tienen mejores sueldos que los que se pagan en España, así que el que quiera buscar excusas, que las busque pero que sepa, que al final, excusas son.

Si usted que lee estas líneas no se siente identificado con nada de lo aquí escrito ¡enhorabuena!, usted pertenece a la élite económica de este país, pero cuidado, porque al ritmo que suceden los acontecimientos, su realidad podría cambiar.

Y podría cambiar, como no podía ser de otra forma en este dos mil veinte, debido al COVID, la pandemia que ha golpeado el mundo y que ha sido tan irresponsablemente manejada por las autoridades del gobierno nacional.

España se enfrenta a un posible rebrote o tercera ola de contagios antes de que se puedan aplicar las primeras vacunas a la población, lo que supone un nuevo golpe a la economía y un posible crecimiento del desempleo que, de acuerdo a un reportaje del diario El Mundo, en esta ocasión pudría afectar en mayor medida a la clase media, a empleados con carreras y títulos que durante la primera ola no sintieron amenazados sus puestos de trabajo, pero que a partir de la segunda ola, han empezado a engrosar las llamadas filas del hambre, en alusión a las filas de personas que no pueden hacer frente a los gastos y responsabilidades por haber perdido su empleo o fuente de ingresos.

Estos hechos, deberían ser más que suficientes para la unión de las personas y la defensa de lo que realmente importa, de esos valores que nos permitieron conquistar los derechos que ahora pareciera se van perdiendo y que son los únicos que nos definen como país, como sociedad y en fin, como seres humanos.

La organización civil va más allá de ir a marchas y contra marchas, de salir cada cuatro años a elegir a nuestros representantes políticos, llevar unas siglas y gritar consignas grupales; la verdadera organización civil se dará en el momento en que las personas de forma individual empecemos a cambiar cada día, en la medida en cada uno de nosotros hagamos lo posible por ser cada día mejores.

En la medida en que seamos capaces de pensar y decidir conscientemente, seremos capaces de actuar en consecuencia, y es ahí cuando podremos decir que un verdadero cambio para nuestras sociedades se está gestando, es en ese momento cuando podremos estar seguros de que nuestra forma de vida está asegurada, asegurada gracias a esos valores que nos llevan no sólo a la reivindicación de nuestros derechos, sino a la capacidad de decidir en libertad el cumplir con nuestros deberes.

Defendamos nuestros derechos como sociedad, y no olvidemos que cuando los derechos de una persona o de un sector en particular son vulnerados, los derechos de toda la sociedad son amenazados, es decir, empecemos a hacer para que dejen de hacernos…

Iberoeconomia.es

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Reza el refrán que “al que no hace, le hacen…”, para advertir a los incautos que deben tomar las riendas de sus vidas, actuar, decidir desde la conciencia, la honradez y el sentido común, para trabajar por aquello que quieren o anhelan, y así, evitar ser presa fácil de advenedizos y manipuladores de turno.

De la misma forma que con las personas, pasa con las sociedades, a las que no hacen, le hacen. Esas sociedades que luchan y persisten en la consecución, respeto y aumento de sus derechos fundamentales: libertad, educación, trabajo, salud  y sueldos dignos  -entre otros-, son por lo general, sociedades pertenecientes a países más desarrollados.

Esto se debe a que cuanto más activa, culta y organizada sea una sociedad, menos probabilidades tendrán sus ciudadanos de  ser manipulados por intereses individuales o mezquinos.

No hace falta tener un Nobel en economía para darse cuenta de que nuestro poder adquisitivo, y con él inexorablemente nuestra calidad de vida, han venido cayendo de forma constante a través de los años, sin que nadie pueda -o quiera-, hacer algo para evitarlo.

Es difícil entender cómo esto puede pasar, no puedo dar explicaciones a esta realidad, sólo puedo decir aquello que veo todos los días, y que todos sabemos; que los sueldos se mantienen igual y el precio de los productos sube indeteniblemente, obligándonos a adaptarnos de muchas maneras, escogiendo marcas distintas a las habituales, comprando menos o simplemente, privándonos directamente de ciertos productos.

Voy a nombrar algunos ejemplos dentro de mi experiencia personal cuando hago mercado semanalmente en un conocido supermercado presente en toda la geografía nacional.

En este supermercado de origen valenciano, un kilo de carne picada a principios de verano tenía un precio de unos 4,70 € aproximadamente, hoy en día ya cuesta unos 5,10€, lo mismo pasa con el pollo o con las pechugas de pavo; ya ni se diga el pulpo, que ha pasado de costar en 2006 unos 6 euros el kilo a costar 19 euros el kilo actualmente.

Si tan siquiera pudiéramos decir que esto sólo pasa con los alimentos; pero no, esta situación de encarecimiento se da con la ropa, con los alquileres, con el precio de los servicios públicos, los carburantes  que no paran de subir y si acaso, se mantienen, aun cuando el precio del petróleo baje.Esta situación se da incluso, con la educación y la sanidad.

Siempre saldrá alguno a decir “pero ¿de qué te quejas? Si tenemos educación y sanidad pública, y nuestra sanidad es la mejor del mundo”. Pues NO,  es muy buena pero no es la mejor sanidad del mundo, y la educación, cada día -sobre todo desde la aprobación de la ley Celáa-deja mucho que desear, pero lo peor no es eso, lo peor es que el encarecimiento de todos esos bienes fundamentales que reforzaban nuestra calidad de vida, nos quita lo más preciado que tenemos los seres humanos, la libertad de elección.

El sistema nos quita la libertad de elección con sueldos que no alcanzan sino para sobrevivir a duras penas y si usted piensa que cada uno gana de acuerdo a su valía o sus estudios, déjeme decirle con todo respeto, que está equivocado, porque las personas que limpian oficinas o habitaciones de hotel, las personas que trabajan en hostelería, las que trabajan en atención al cliente o repartiendo comida, hacen el mismo trabajo aquí y en Austria, Reino Unido o Noruega, y tienen mejores sueldos que los que se pagan en España, así que el que quiera buscar excusas, que las busque pero que sepa, que al final, excusas son.

Si usted que lee estas líneas no se siente identificado con nada de lo aquí escrito ¡enhorabuena!, usted pertenece a la élite económica de este país, pero cuidado, porque al ritmo que suceden los acontecimientos, su realidad podría cambiar.

Y podría cambiar, como no podía ser de otra forma en este dos mil veinte, debido al COVID, la pandemia que ha golpeado el mundo y que ha sido tan irresponsablemente manejada por las autoridades del gobierno nacional.

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Estos hechos, deberían ser más que suficientes para la unión de las personas y la defensa de lo que realmente importa, de esos valores que nos permitieron conquistar los derechos que ahora pareciera se van perdiendo y que son los únicos que nos definen como país, como sociedad y en fin, como seres humanos.

La organización civil va más allá de ir a marchas y contra marchas, de salir cada cuatro años a elegir a nuestros representantes políticos, llevar unas siglas y gritar consignas grupales; la verdadera organización civil se dará en el momento en que las personas de forma individual empecemos a cambiar cada día, en la medida en cada uno de nosotros hagamos lo posible por ser cada día mejores.

En la medida en que seamos capaces de pensar y decidir conscientemente, seremos capaces de actuar en consecuencia, y es ahí cuando podremos decir que un verdadero cambio para nuestras sociedades se está gestando, es en ese momento cuando podremos estar seguros de que nuestra forma de vida está asegurada, asegurada gracias a esos valores que nos llevan no sólo a la reivindicación de nuestros derechos, sino a la capacidad de decidir en libertad el cumplir con nuestros deberes.

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