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Juan Carlos Chirinos: «Leer es gozo, pero también aprendizaje. Leer de verdad es avanzar»

Por Karen Lentini Gómez

Foto Vasco Szinetar

Con motivo de la publicación en diciembre de La sonrisa de los hipopótamos (Madrid, Ediciones La Palma, 2020), Juan Carlos Chirinos (Valera, 1967) nos habla de su obra.

¿Qué hilo conductor tienen los cuentos de este libro?

El hilo conductor de este libro es el tiempo. Es decir, he juntado aquellos relatos que, por una u otra razón, no habían sido incluidos en los volúmenes anteriores, porque ellos también representan una parte de la historia de mi escritura. Me di cuenta de que quería y necesitaba agruparlos en un solo libro, para ver qué ha pasado con esa otra parte de mi tarea como escritor, esa en la que puedo concentrar todo mi esfuerzo en un texto que formará parte de una antología. Aunque a veces el antólogo ya ha escogido el cuento mío que prefiere, cuando puedo elegir yo, prefiero escribir un relato nuevo. Así es más divertido. Sin embargo, puede que temáticamente este libro nuevo sea bastante variado y quizá a algunos lectores esto no les resulte cómodo. Solo puedo decir que es otra experiencia y vale la pena pasar por ella. Por mi parte, los he colocado tratando de seguir cierta “voz” interna que me indicaba en qué orden podrían dar el mejor sentido de unidad. Por eso no van según fueron escritos, sino según el tono que el propio libro me “impuso” al ordenarlos. Fue un poco como enganchar los vagones de un antiguo tren: había que tratar de equilibrar las cargas y, claro, había que procurar que la locomotora fuera delante.

Los relatos están llenos de referencias musicales, pictóricas, mitológicas. Ha comentado alguna vez que huye de esos escritores que alardean de lo que saben. ¿Cómo se evade esto si forma parte de los cimientos del narrador y para un lector curioso pudiera ser atractivo?

Pienso que una cosa es alardear, frente a los ojos del lector, de que sabes esto o aquello y otra muy distinta es echar mano de los recursos de que dispones para darle forma a un relato, en cuyo caso en principio nada de lo que aparezca allí debería estar fuera de lugar porque estaría, no colocado para que el lector se dé cuenta de todo lo que sabe el escritor, sino para ayudar de alguna manera a que entremos en el relato. El principio de utilidad aquí es muy, valga la redundancia, útil; siempre pienso en los planos que hace Clint Eastwood en sus películas: duran justo lo que necesita el discurso fílmico; Eastwood no está allí para enseñarnos todo lo que sabe de cine y todas las películas que ha visto y todas las técnicas que conoce; eso no es problema del espectador. Él está allí para transmitirnos una historia de la mejor manera posible. Por eso es un gran director y yo amo sus películas. Porque mira por nosotros con las herramientas que conoce y no nos muestra. Esa es una gran lección que aprender a la hora de escribir.

En «Catrusia», relato escrito 1989 –e incluido en este libro a modo de “precuela”–, se revela su destreza para infundir pasiones en el lector aunque sean ajenas y desconocidas. ¿«Catrusia» ha sido su constatación como escritor?

Era diciembre de 1989 y pasaba las fiestas en casa de mis padres en Valera. Puede que ocurriera uno o dos días antes de Navidad; escribía con una antigua máquina Underwood de mi tía que aprecio mucho, pues fue la primera que usé. Recuerdo que cuando leí ese cuento por primera vez, después de terminarlo, sentí que algo hacía clic dentro de mí. Ya desde 1988 había escrito varios relatos con los que me había parecido sentir lo mismo, pero con «Catrusia» quizá por el tema, por mi vida en ese momento, porque era final de año supe que estaba preparado para dedicarme a la escritura, que por fin había escrito un relato “de verdad”. Fue una sensación rara y gozosa. Es un cuento al que le estoy muy agradecido y por eso lo he incluido aquí, para que acompañe a otro que, muchos años después, escribí como continuación de lo que tiene lugar en este.

Considero que es un escritor temerario en lo referente al tratamiento del narrador. Lo vimos en su novela Los cielos de curumo con la utilización del narrador en segunda personaEn La sonrisa de los hipopótamos, sin perder el ritmo y de forma natural, pasa del narrador de tercera persona a primera persona con la voz del personaje:

Bordeó con parsimonia la piscina y lo deslumbró el brillo de sus mocasines; y cuando ya estaba a punto de torcer hacia la entrada principal, me pareció que algo pequeño se movía entre los arbustos. Miré sin dejar de caminar y algo redondo parecía querer asomarse. Me detuve, intrigado, y me acerqué. Y como si hubiera estado allí desde siempre, sin miedo alguno, una cría de hipopótamo dio unos pasos hacia mí y se detuvo en el borde a comerse unas hierbas.

Es un homenaje a uno de mis maestros: con este «truco» quiero decir que el relato cambia de signo cuando aquello que ha de cambiarlo, lo cambia. Es algo se ha hecho muchas veces de muchas maneras, pero igualmente espero que no resulte demasiado complicado para el lector, aunque no lo creo; en estos tiempos en el que las elipsis mandan y las voces se mezclan sin ton ni son, esto no parece demasiado osado. Sin embargo, si la cosa se le complica a algún lector, mejor. Leer es gozo, pero también aprendizaje. Leer de verdad es avanzar.

Le gusta trabajar con imágenes de animales como metáfora y representación del mal, ¿por qué La sonrisa de los hipopótamos?

Porque los animales son mejores personas que nosotros. Siempre dicen la verdad, y por eso el mal fluye en ellos de manera natural. Por eso los quiero tanto. A mí me gustan los hipopótamos desde que los vi bailando ballet en una película de Disney. Pero en este caso, fue la cita de Vargas Llosa que encabeza el texto la que me dio la clave para lo que allí ocurre. Además, ¿por qué no habrían de sonreír los hipopótamos, si son más felices que nosotros?

«Cada vez somos más, y entiendo que nadie quiera rozar pieles ajenas sin haberlo solicitado». ¿Se le ha ocurrido escribir un relato parecido a «El discurso de la victoria» en tiempos de pandemia?

No; y quiero alejarme lo más posible de ese tema de la pandemia, que se ha vuelto tan virulento y pernicioso en la literatura como en la salud del mundo. En marzo, cuando se anunció aquí en España el estado de alarma, supe que a causa de ese virus vendrían toneladas de novelas sobre el tema, huelga decir que la mayoría bodrios escritos con prisa y sin pausa. Así de pobre es la imaginación del mundo. Después de Giovanni Boccaccio y de Pieter Brueghel carece de sentido para mí escribir sobre las pestes, aunque sé que es inevitable que se inmiscuya en la literatura y tarde o temprano acabaré sucumbiendo, espero que muy tarde. Son temas turbulentos y perturbadores, como la caída de las torres gemelas, la guerra civil, la maldición del chavismo o la crisis económica. Sigo pensando que la realidad ya me parece bastante áspera y aburrida para encima replicarla en el papel.

«La mirada de Rousseau» comienza con la conexión en un bar entre un bebé y un inmigrante. Descríbanos la influencia de El libro del buen salvaje sobre este relato.

Leí esta pregunta y me quedé en blanco: no sabía, hasta hace dos minutos, por quién me preguntabas. He encontrado que Antonio Cisneros escribió El libro del buen salvaje. He curucuteado en la red y veo que se trata de un escritor peruano fallecido hace pocos años. Ahora tengo curiosidad por leerlo. Como ves, no puedo hablar de influencia de ese libro sobre mi relato, no sabía que la hubiera; quizá ambos fuimos influidos por las mismas lecturas, él mucho antes, desde luego. La literatura tiene esas misteriosas conexiones.

Tiene una relación lúdica con el lenguaje. ¿Qué le lleva a inventarse términos? Por ejemplo, «pasadolotófago», que se me antoja como alguien que se alimenta del pasado, o «pasadoleteo»: un pataleo del pasado.

Me gusta mucho cómo Miranda, Huidobro, Cortázar o Murena se inventan palabras. Y Joyce, claro. Eso enriquece mucho el sentido del mundo; el juego de palabras y significados aviva mi curiosidad. En el caso de esas palabras, estaba jugando con el olvido del pasado y sus variantes. El olvido confunde las cosas y las coloca en un orden alterno o falaz, muchas veces contradiciendo el verdadero curso de los acontecimientos.

¿Podría, como lector, citar un cuento que considere perfecto y por qué?

Patriotismo, de Yukio Mishima.

He pensado un rato esta respuesta y me he decidido por este relato –pero he leído muchos así– porque contiene todos los elementos que me hacen pensar en un cuento perfecto. Aquí Mishima construyó un artefacto exquisito en el que todos los elementos (anécdota, forma, imágenes, ritmo, sentidos, etc.) funcionan de manera armónica, o crean una armonía que hace el texto único. No se me escapa que mi lectura de este cuento pasa por una traducción, pero confío en que la lengua japonesa sea igual de hermosa que su grafía. En esa lengua, el relato se llama «Yukoku» y se escribe así, «憂国»: ¿no es hermoso?

Volviendo a los mitos, en «España se ríe de Casandra», cuento incluido en este volumen y escrito en 2014, se mezclan, por un lado, el mito de Casandra condenada a no ser escuchada y, por otro, la historia de Laocoonte, castigado por intentar revelar el secreto del caballo de Troya. Parece un relato moderno sobre la deriva de las sociedades por la repetición de los mismos patrones. ¿Intenta expresar su perturbación, hoy, en 2020, perturbación absolutamente confirmada?

Cuando escribo un cuento me cuesta pensar en términos de reflejo de la sociedad y asuntos por el estilo. Se me ocurre una idea, o la percibo, y la pongo en papel. Luego vienen las comparaciones, etc. El título del cuento es bastante elocuente, o tal vez no: un país, España, al que llegan dos ciudadanos que son los despojos de otro que ha sido destruido por el mismo mal que lo está destruyendo a él. Y por más que le avisen, el país receptor no hace caso. Los personajes de ese relato están condenados a ver cómo se repite la historia de su país, pero España se ríe de ellos, confiada y feliz. Es un cuento que carece de optimismo. Pero así salió y así se queda.

Siendo un escritor con múltiples registros, ¿por qué le tiene miedo a la poesía?

Miedo no; respeto, admiración, estupefacción. Es la forma superior de la escritura.

En una entrevista señalaba que la literatura siempre ha estado manchada por la política. ¿Realmente considera que la política es una mancha y que afecta el lenguaje? ¿Estos relatos también están manchados de política?

Quisiera que no; al menos que no estén manchados por esa política que pervierte todo: la literatura en sí misma es un acto político, no necesita ser el soporte de ni apoyarse en nada más que no sea ella misma. El que escribe ficción, siempre, está haciendo una declaración política que podría traducirse en esta frase, al menos en mi caso: “esta es la verdadera realidad que me interesa, señores, ahí se queden ustedes con la parte magra, yo vivo en la zona luminosa de las palabras”.

Autor que escribe en español, mestizo e inmigrante; me gustaría una consideración sobre el proyecto de ley en España que pretende quitar el español como lengua vehicular ¿Provincianismo, quizás?

Y sin el “quizás”. Si España es tan campurusa como para permitir que una ley de esta naturaleza tenga éxito, merece estar fuera de las ventajas que da hablar la tercera lengua más hablada del mundo. Las lenguas son, sobre todo, un dispositivo tecnológico para comunicarnos; es de tontos, pues, dejar de usar el dispositivo más eficaz con que contamos en beneficio de otro dispositivo menos eficaz. Y, por otra parte, las lenguas son como las tradiciones: si van a desaparecer, no hay presupuesto suficiente para salvarlas. Hace tiempo leí que cada catorce días desaparece una lengua en el mundo. Es una pena desde el punto de vista de la antropología lingüística, pero eso como que es inevitable pues forma parte de la evolución humana. Parece que Yavé no inventó lenguas inmortales en Babel. ¿Para qué, pues, vamos a encasillarnos en una lengua que mengua, por más cariño que le tengamos? Yo quisiera hablar a la perfección hitita, sumerio y egipcio clásico, pero estoy seguro de que cuando viaje por el mundo el español será la lengua que mejor me ayude a comunicarme. Lo más sensato sería sumar, no restar. No tiene sentido arrinconar al español para que otras lenguas menos afortunadas duren un poquito más. Si han de perdurar, perdurarán. No puedes obligar a nadie a hablar lo que no quiere. Por lo pronto, el español tiene asiento al menos en tres continentes, lo hablan más de quinientos cincuenta millones de personas y casi veintitrés millones lo estudian como segunda lengua, pero quién sabe hasta cuándo esto será así. El devenir de la historia es implacable. Y no para nunca.

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Con motivo de la publicación en diciembre de La sonrisa de los hipopótamos (Madrid, Ediciones La Palma, 2020), Juan Carlos Chirinos (Valera, 1967) nos habla de su obra.

¿Qué hilo conductor tienen los cuentos de este libro?

El hilo conductor de este libro es el tiempo. Es decir, he juntado aquellos relatos que, por una u otra razón, no habían sido incluidos en los volúmenes anteriores, porque ellos también representan una parte de la historia de mi escritura. Me di cuenta de que quería y necesitaba agruparlos en un solo libro, para ver qué ha pasado con esa otra parte de mi tarea como escritor, esa en la que puedo concentrar todo mi esfuerzo en un texto que formará parte de una antología. Aunque a veces el antólogo ya ha escogido el cuento mío que prefiere, cuando puedo elegir yo, prefiero escribir un relato nuevo. Así es más divertido. Sin embargo, puede que temáticamente este libro nuevo sea bastante variado y quizá a algunos lectores esto no les resulte cómodo. Solo puedo decir que es otra experiencia y vale la pena pasar por ella. Por mi parte, los he colocado tratando de seguir cierta “voz” interna que me indicaba en qué orden podrían dar el mejor sentido de unidad. Por eso no van según fueron escritos, sino según el tono que el propio libro me “impuso” al ordenarlos. Fue un poco como enganchar los vagones de un antiguo tren: había que tratar de equilibrar las cargas y, claro, había que procurar que la locomotora fuera delante.

Los relatos están llenos de referencias musicales, pictóricas, mitológicas. Ha comentado alguna vez que huye de esos escritores que alardean de lo que saben. ¿Cómo se evade esto si forma parte de los cimientos del narrador y para un lector curioso pudiera ser atractivo?

Pienso que una cosa es alardear, frente a los ojos del lector, de que sabes esto o aquello y otra muy distinta es echar mano de los recursos de que dispones para darle forma a un relato, en cuyo caso en principio nada de lo que aparezca allí debería estar fuera de lugar porque estaría, no colocado para que el lector se dé cuenta de todo lo que sabe el escritor, sino para ayudar de alguna manera a que entremos en el relato. El principio de utilidad aquí es muy, valga la redundancia, útil; siempre pienso en los planos que hace Clint Eastwood en sus películas: duran justo lo que necesita el discurso fílmico; Eastwood no está allí para enseñarnos todo lo que sabe de cine y todas las películas que ha visto y todas las técnicas que conoce; eso no es problema del espectador. Él está allí para transmitirnos una historia de la mejor manera posible. Por eso es un gran director y yo amo sus películas. Porque mira por nosotros con las herramientas que conoce y no nos muestra. Esa es una gran lección que aprender a la hora de escribir.

En «Catrusia», relato escrito 1989 –e incluido en este libro a modo de “precuela”–, se revela su destreza para infundir pasiones en el lector aunque sean ajenas y desconocidas. ¿«Catrusia» ha sido su constatación como escritor?

Era diciembre de 1989 y pasaba las fiestas en casa de mis padres en Valera. Puede que ocurriera uno o dos días antes de Navidad; escribía con una antigua máquina Underwood de mi tía que aprecio mucho, pues fue la primera que usé. Recuerdo que cuando leí ese cuento por primera vez, después de terminarlo, sentí que algo hacía clic dentro de mí. Ya desde 1988 había escrito varios relatos con los que me había parecido sentir lo mismo, pero con «Catrusia» quizá por el tema, por mi vida en ese momento, porque era final de año supe que estaba preparado para dedicarme a la escritura, que por fin había escrito un relato “de verdad”. Fue una sensación rara y gozosa. Es un cuento al que le estoy muy agradecido y por eso lo he incluido aquí, para que acompañe a otro que, muchos años después, escribí como continuación de lo que tiene lugar en este.

Considero que es un escritor temerario en lo referente al tratamiento del narrador. Lo vimos en su novela Los cielos de curumo con la utilización del narrador en segunda personaEn La sonrisa de los hipopótamos, sin perder el ritmo y de forma natural, pasa del narrador de tercera persona a primera persona con la voz del personaje:

Bordeó con parsimonia la piscina y lo deslumbró el brillo de sus mocasines; y cuando ya estaba a punto de torcer hacia la entrada principal, me pareció que algo pequeño se movía entre los arbustos. Miré sin dejar de caminar y algo redondo parecía querer asomarse. Me detuve, intrigado, y me acerqué. Y como si hubiera estado allí desde siempre, sin miedo alguno, una cría de hipopótamo dio unos pasos hacia mí y se detuvo en el borde a comerse unas hierbas.

Es un homenaje a uno de mis maestros: con este «truco» quiero decir que el relato cambia de signo cuando aquello que ha de cambiarlo, lo cambia. Es algo se ha hecho muchas veces de muchas maneras, pero igualmente espero que no resulte demasiado complicado para el lector, aunque no lo creo; en estos tiempos en el que las elipsis mandan y las voces se mezclan sin ton ni son, esto no parece demasiado osado. Sin embargo, si la cosa se le complica a algún lector, mejor. Leer es gozo, pero también aprendizaje. Leer de verdad es avanzar.

Le gusta trabajar con imágenes de animales como metáfora y representación del mal, ¿por qué La sonrisa de los hipopótamos?

Porque los animales son mejores personas que nosotros. Siempre dicen la verdad, y por eso el mal fluye en ellos de manera natural. Por eso los quiero tanto. A mí me gustan los hipopótamos desde que los vi bailando ballet en una película de Disney. Pero en este caso, fue la cita de Vargas Llosa que encabeza el texto la que me dio la clave para lo que allí ocurre. Además, ¿por qué no habrían de sonreír los hipopótamos, si son más felices que nosotros?

«Cada vez somos más, y entiendo que nadie quiera rozar pieles ajenas sin haberlo solicitado». ¿Se le ha ocurrido escribir un relato parecido a «El discurso de la victoria» en tiempos de pandemia?

No; y quiero alejarme lo más posible de ese tema de la pandemia, que se ha vuelto tan virulento y pernicioso en la literatura como en la salud del mundo. En marzo, cuando se anunció aquí en España el estado de alarma, supe que a causa de ese virus vendrían toneladas de novelas sobre el tema, huelga decir que la mayoría bodrios escritos con prisa y sin pausa. Así de pobre es la imaginación del mundo. Después de Giovanni Boccaccio y de Pieter Brueghel carece de sentido para mí escribir sobre las pestes, aunque sé que es inevitable que se inmiscuya en la literatura y tarde o temprano acabaré sucumbiendo, espero que muy tarde. Son temas turbulentos y perturbadores, como la caída de las torres gemelas, la guerra civil, la maldición del chavismo o la crisis económica. Sigo pensando que la realidad ya me parece bastante áspera y aburrida para encima replicarla en el papel.

«La mirada de Rousseau» comienza con la conexión en un bar entre un bebé y un inmigrante. Descríbanos la influencia de El libro del buen salvaje sobre este relato.

Leí esta pregunta y me quedé en blanco: no sabía, hasta hace dos minutos, por quién me preguntabas. He encontrado que Antonio Cisneros escribió El libro del buen salvaje. He curucuteado en la red y veo que se trata de un escritor peruano fallecido hace pocos años. Ahora tengo curiosidad por leerlo. Como ves, no puedo hablar de influencia de ese libro sobre mi relato, no sabía que la hubiera; quizá ambos fuimos influidos por las mismas lecturas, él mucho antes, desde luego. La literatura tiene esas misteriosas conexiones.

Tiene una relación lúdica con el lenguaje. ¿Qué le lleva a inventarse términos? Por ejemplo, «pasadolotófago», que se me antoja como alguien que se alimenta del pasado, o «pasadoleteo»: un pataleo del pasado.

Me gusta mucho cómo Miranda, Huidobro, Cortázar o Murena se inventan palabras. Y Joyce, claro. Eso enriquece mucho el sentido del mundo; el juego de palabras y significados aviva mi curiosidad. En el caso de esas palabras, estaba jugando con el olvido del pasado y sus variantes. El olvido confunde las cosas y las coloca en un orden alterno o falaz, muchas veces contradiciendo el verdadero curso de los acontecimientos.

¿Podría, como lector, citar un cuento que considere perfecto y por qué?

Patriotismo, de Yukio Mishima.

He pensado un rato esta respuesta y me he decidido por este relato –pero he leído muchos así– porque contiene todos los elementos que me hacen pensar en un cuento perfecto. Aquí Mishima construyó un artefacto exquisito en el que todos los elementos (anécdota, forma, imágenes, ritmo, sentidos, etc.) funcionan de manera armónica, o crean una armonía que hace el texto único. No se me escapa que mi lectura de este cuento pasa por una traducción, pero confío en que la lengua japonesa sea igual de hermosa que su grafía. En esa lengua, el relato se llama «Yukoku» y se escribe así, «憂国»: ¿no es hermoso?

Volviendo a los mitos, en «España se ríe de Casandra», cuento incluido en este volumen y escrito en 2014, se mezclan, por un lado, el mito de Casandra condenada a no ser escuchada y, por otro, la historia de Laocoonte, castigado por intentar revelar el secreto del caballo de Troya. Parece un relato moderno sobre la deriva de las sociedades por la repetición de los mismos patrones. ¿Intenta expresar su perturbación, hoy, en 2020, perturbación absolutamente confirmada?

Cuando escribo un cuento me cuesta pensar en términos de reflejo de la sociedad y asuntos por el estilo. Se me ocurre una idea, o la percibo, y la pongo en papel. Luego vienen las comparaciones, etc. El título del cuento es bastante elocuente, o tal vez no: un país, España, al que llegan dos ciudadanos que son los despojos de otro que ha sido destruido por el mismo mal que lo está destruyendo a él. Y por más que le avisen, el país receptor no hace caso. Los personajes de ese relato están condenados a ver cómo se repite la historia de su país, pero España se ríe de ellos, confiada y feliz. Es un cuento que carece de optimismo. Pero así salió y así se queda.

Siendo un escritor con múltiples registros, ¿por qué le tiene miedo a la poesía?

Miedo no; respeto, admiración, estupefacción. Es la forma superior de la escritura.

En una entrevista señalaba que la literatura siempre ha estado manchada por la política. ¿Realmente considera que la política es una mancha y que afecta el lenguaje? ¿Estos relatos también están manchados de política?

Quisiera que no; al menos que no estén manchados por esa política que pervierte todo: la literatura en sí misma es un acto político, no necesita ser el soporte de ni apoyarse en nada más que no sea ella misma. El que escribe ficción, siempre, está haciendo una declaración política que podría traducirse en esta frase, al menos en mi caso: “esta es la verdadera realidad que me interesa, señores, ahí se queden ustedes con la parte magra, yo vivo en la zona luminosa de las palabras”.

Autor que escribe en español, mestizo e inmigrante; me gustaría una consideración sobre el proyecto de ley en España que pretende quitar el español como lengua vehicular ¿Provincianismo, quizás?

Y sin el “quizás”. Si España es tan campurusa como para permitir que una ley de esta naturaleza tenga éxito, merece estar fuera de las ventajas que da hablar la tercera lengua más hablada del mundo. Las lenguas son, sobre todo, un dispositivo tecnológico para comunicarnos; es de tontos, pues, dejar de usar el dispositivo más eficaz con que contamos en beneficio de otro dispositivo menos eficaz. Y, por otra parte, las lenguas son como las tradiciones: si van a desaparecer, no hay presupuesto suficiente para salvarlas. Hace tiempo leí que cada catorce días desaparece una lengua en el mundo. Es una pena desde el punto de vista de la antropología lingüística, pero eso como que es inevitable pues forma parte de la evolución humana. Parece que Yavé no inventó lenguas inmortales en Babel. ¿Para qué, pues, vamos a encasillarnos en una lengua que mengua, por más cariño que le tengamos? Yo quisiera hablar a la perfección hitita, sumerio y egipcio clásico, pero estoy seguro de que cuando viaje por el mundo el español será la lengua que mejor me ayude a comunicarme. Lo más sensato sería sumar, no restar. No tiene sentido arrinconar al español para que otras lenguas menos afortunadas duren un poquito más. Si han de perdurar, perdurarán. No puedes obligar a nadie a hablar lo que no quiere. Por lo pronto, el español tiene asiento al menos en tres continentes, lo hablan más de quinientos cincuenta millones de personas y casi veintitrés millones lo estudian como segunda lengua, pero quién sabe hasta cuándo esto será así. El devenir de la historia es implacable. Y no para nunca.

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